Hoy se celebra el Día de la Asunción de la Virgen

Hoy se celebra el Día de la Asunción de la Virgen

La fiesta de la Asunción de la Virgen María celebra su nacimiento al cielo en cuerpo y alma, ofreciendo a los fieles un signo de consuelo y esperanza segura. Dogma. Oración a María Asunta.

 

 

Ciudad del Vaticano, sábado 15 agosto (PR/26) — La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en el 15 de agosto ya en el siglo V, con el sentido de «Nacimiento al Cielo» o, en la tradición bizantina, «Dormición» de Nuestra Señora.

En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con Pío XII, para que se proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma. En el Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la «Resurrección de la carne» y en la «vida eterna», fin y sentido último del camino de la vida.

Esta promesa de fe se cumple ya en María, como «signo de consuelo y esperanza segura» (Prefacio). Este privilegio de María está estrechamente ligado al hecho de ser la Madre de Jesús: dado que la muerte y la corrupción del cuerpo humano son una consecuencia del pecado, no era conveniente que la Virgen María -libre de pecado- se viera afectada por ellos.

De ahí el misterio de la «Dormición» o «Asunción al Cielo».

 

 

El hecho de que María esté ya en el cielo en cuerpo y alma es para nosotros un motivo de alegría, de felicidad, de esperanza. Una criatura de Dios -María- ya está en el cielo: con ella y como ella estaremos también nosotros, criaturas de Dios, un día.

El destino de María, unida al cuerpo transfigurado y glorioso de Jesús, será el destino de todos los que están unidos al Señor Jesús en la fe y en el amor. Es interesante constatar que la liturgia -a través de los textos bíblicos tomados del libro del Apocalipsis y de Lucas, con el canto del Magnificat– nos lleva a orar más que a reflexionar.

El Evangelio, en efecto, nos sugiere que leamos el misterio de María a la luz del Magnificat: el amor gratuito que se extiende de generación en generación y la predilección por los últimos y los pobres encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra, un espejo en el que todo el pueblo de Dios puede mirar sus propios rasgos.

La solemnidad de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma es el signo elocuente de que no sólo el alma sino también el cuerpo son «cosa muy hermosa» (Gn 1,31), hasta el punto de que, como en la Virgen María, nuestra carne será asumida en el cielo.

Esto no nos exime de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada hacia la meta, hacia el cielo, nuestra patria, la que nos impulsa a comprometernos en nuestra vida presente siguiendo la línea del Magnificat: alegres por la misericordia de Dios y atentos a todos los hermanos que encontramos en el camino, empezando por los más débiles y frágiles.

El dogma definido por Pío XII

 

 

«Después de elevar a Dios repetidas súplicas y de haber invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios Todopoderoso que otorgó a la Virgen María Su especial benevolencia en honor de Su Hijo, Rey Inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta madre y para alegría y regocijo de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma revelado por Dios que: la inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, habiendo completado el curso de la vida terrena, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Pío XII, Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950).

 

Del Evangelio de san Lucas:

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
María dijo entonces: «Mi alma proclama la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador,
porque miró con bondad la humildad de su sierva.
En adelante, todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa”. (Lc 1,39-56)

 

Alabar al Señor

La Virgen María, con su Magnificat, nos enseña a alabar a Dios. Es una invitación a través de la cual Nuestra Señora, que hoy contemplamos en la gloria, nos anima a actuar y a ir más allá de nuestra costumbre de exagerar los problemas y las dificultades. No se trata de vivir como si no hubiera problemas, sino de valorar lo bello y lo bueno que hay en la vida, y de saber dar gracias a Dios por ello. De este modo, los problemas se colocan en su justa perspectiva.

 

Dios sorprende

Otro aspecto que merece ser destacado en este día es el hecho de que María era virgen e Isabel era estéril. Dios va «más allá», sorprende con su acción providencial de salvación.

María está ahora en la gloria de Dios; ha llegado al Destino donde un día nos encontraremos todos. Por eso es hoy un signo de consuelo y de esperanza, porque si ella, criatura como nosotros, lo ha alcanzado, también nosotros podremos alcanzarlo.

Mantengamos nuestra mirada y nuestro corazón fijos en aquella que nunca abandonó a su Hijo Jesús y con Él goza hoy de la alegría y la gloria del Cielo. Y encomendémonos a ella pidiéndole que nos ayude a recorrer el camino de la vida sabiendo reconocer las grandes cosas que Dios realiza en nosotros y a nuestro alrededor, para magnificarlo con el canto de nuestra existencia.

 

 

Oración a María Asunta

Oh María Inmaculada Asunta al cielo,
tú que vives bienaventurada en la visión de Dios:
de Dios Padre que te hizo alta criatura, de Dios Hijo que quiso
ser generado como hombre por ti y tenerte como madre,
de Dios Espíritu Santo que en ti realizó la concepción humana del Salvador.

Oh María purísima,
Oh María dulcísima y bellísima,
Oh María, mujer fuerte y reflexiva.
Oh María, pobre y dolorosa,
María, virgen y madre,
mujer humanísima como Eva, más que Eva;
cercana a Dios en tu gracia, en tus privilegios,
en tus misterios,
en tu misión, en tu gloria.
Oh María asunta a la gloria de Cristo en la perfección completa
y transfigurada de nuestra naturaleza humana.
Oh María, puerta del cielo,
espejo de la Luz divina,
santuario de la Alianza entre Dios y los hombres,
deja que nuestras almas vuelen tras de ti
deja que se eleven tras tu radiante camino
transportadas por una esperanza que el mundo no tiene, la de la dicha eterna.
Consuélanos desde el cielo, oh Madre misericordiosa,
y por tus caminos de pureza y esperanza guíanos un día al encuentro feliz contigo
y con tu divino Hijo nuestro Salvador Jesús. ¡Amén!

(San Pablo VI)

 

 

Fuente: Vatican News

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El Papa León XIV celebró la Solemnidad de San Pedro y San Pablo: un llamado a la unidad y la comunión

El Papa León XIV celebró la Solemnidad de San Pedro y San Pablo: un llamado a la unidad y la comunión

El Papa León XIV impone el palio a uno de los nuevos arzobispos en la Basílica de San Pedro. | Crédito: Vatican Media.

A continuación la homilía del Papa León XIV en la basílica vaticana:

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.

Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).

Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).

Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora.

Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.

Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).

Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.

San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).

Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).

Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.

Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

 

Buenos Aires, viernes 12 junio (PR/26) — La Iglesia universal celebra hoy, 12 de junio, la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús por pedido explícito del mismo Cristo, revelado de manera particular a Santa Margarita María de Alacoque (1647-1690).

El Papa San Juan Pablo II señaló que “esta fiesta recuerda el misterio del Amor que Dios alberga por los hombres de todos los tiempos”.

Por ser fiesta de primera clase, de acuerdo a la reforma litúrgica del Papa San Juan XXIII, la celebración del Sacratísimo Corazón de Jesús posee rango de ‘Solemnidad’.

 

Santa María Margarita Alacoque 

 

La primera aparición

Era la fiesta litúrgica de San Juan Evangelista, el 27 de diciembre de 1673. Margarita rezaba especialmente recogida ante el Santísimo Sacramento cuando el Señor, haciéndola descansar sobre su pecho a semejanza del Discípulo Amado, declaró: «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no pudiendo ya contener en sí mismo las llamas de su caridad ardiente, le es preciso comunicarlas por tu medio, y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos tesoros que te descubro».

Y añadió: «Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía».5

Luego, tomando místicamente el corazón de su elegida, el Señor lo introdujo en el suyo, como una chispa puesta en un horno encendido, para devolverlo entonces transformado en una llama.

“Te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus [Christi] se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares”, dijo el Señor a Santa Margarita de Alacoque en junio de 1675 para, después, establecer una solemnísima promesa:

“También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute”.

Posteriormente la Compañía de Jesús tomaría la posta en la difusión de la devoción al Corazón de Jesús, tarea que hizo posible que se hiciera muy popular entre los pueblos de América Latina.

En lo que concerniente al día en que se celebra al Sagrado Corazón en la actualidad, se ha convenido por razones pastorales al viernes siguiente al domingo del Corpus Christi o Corpus Domini.

 

Intervención del papado en los últimos siglos

 

El Beato Papa Pío IX, en 1856, fue quien estableció de manera oficial la fiesta del ‘Sacratísimo Corazón de Jesús’ para toda la Iglesia. En 1899, el Papa León XIII publicó la encíclica “Annum Sacrum” [el año santo] sobre la consagración del género humano al Sagrado Corazón de Jesús, acto que se llevaría a cabo ese mismo año.

Asimismo, Pío XI, en 1928, escribió la “Miserentissimus Redemptor” [Redentor misericordioso], encíclica que versa sobre la reparación que todos los fieles deben al Sagrado Corazón de Jesús a causa de los pecados cometidos por el género humano. Por su parte, su sucesor, el Papa Pío XII, publicó en 1956 la encíclica “Haurietis Aquas” [“Beberéis las aguas…], cuyo texto sugiere los lineamientos propios del culto al Sagrado Corazón.

San Juan Pablo II, finalmente, estableció que en el día de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús se realice siempre la “Jornada Mundial de Oración por la santificación de los sacerdotes”.

 

Lo que dejó Francisco

Entre las últimas publicaciones del Papa Francisco está un bello texto dedicado al amor con el que Jesús nos ama. Se trata de la Carta Encíclica Dilexit nos [Él nos amó] sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo.

Esta fue publicada en octubre de 2024. Haciendo honor a su formación dentro de la Compañía de Jesús, Francisco nos dejó un legado espiritual a todos aquellos que practican esta devoción. A continuación un elocuente fragmento en torno al amor al Sagrado Corazón:

«La devoción al Corazón de Cristo no es el culto a un órgano separado de la persona de Jesús. Lo que contemplamos y adoramos es a Jesucristo entero, el Hijo de Dios hecho hombre, representado en una imagen suya donde está destacado su corazón. En este caso se toma al corazón de carne como imagen o signo privilegiado del centro más íntimo del Hijo encarnado y de su amor a la vez divino y humano, porque más que cualquier otro miembro de su cuerpo es “signo o símbolo natural de su inmensa caridad”» (n.48) .

 

En el corazón de la Iglesia

 

Muchos grupos, movimientos, órdenes y congregaciones religiosas, desde hace siglos, se han puesto bajo la protección del Sagrado Corazón de Jesús. En Roma se encuentra la Basílica del “Sacro Cuore” [Sagrado Corazón] cuya construcción fue encargada a San Juan Bosco por el Papa León XIII. La realización de dicho proyecto fue posible gracias a las donaciones de los devotos alrededor del mundo.

¡Feliz día del Sagrado Corazón de Jesús!

 

Ver más: «Estas son las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús a sus devotos. Primicias Rurales» https://www.ruralprimicias.com.ar/157299-2/

 

 

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Fuente: ACI Prensa / Heraldos del Evangelio
Lo que debes saber sobre Pentecostés para vivirlo plenamente

Lo que debes saber sobre Pentecostés para vivirlo plenamente

La solemnidad de Pentecostés celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y el nacimiento de la Iglesia, marcando el inicio de la misión universal de los bautizados para anunciar el Evangelio.

 

Buenos Aires, jueves 21 mayo (PR/26) — Pentecostés es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico porque recuerda la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles –la salida en misión– y el nacimiento de la Iglesia. En esta solemnidad, la comunidad de fieles contempla cómo Dios sigue actuando hoy como lo ha hecho a lo largo de la historia.

 

1. ¿Qué es Pentecostés?

 

Pentecostés significa “cincuentena”, pues se celebra cincuenta días después del Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua.
Para los católicos, no es una celebración más, sino un acontecimiento espiritual que irrumpe en el presente: la promesa hecha por Jesús (Jn 14, 15-21) se cumple cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos reunidos en oración (Hch 2, 1-11). Ese día, los apóstoles recibieron fortaleza para anunciar el Evangelio sin miedo.

 

Pintura de Pentecostés de la colección del Museo Alberto SampaioPintura de Pentecostés. | Crédito: Museo Alberto Sampaio. CC BY-SA 4.0

 

En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra que los discípulos estaban juntos –la Madre de Jesús estaba entre ellos también–, perseverando en espíritu de oración. De pronto, el Espíritu de Santo descendió como en lenguas de fuego.

La gracia de Dios llenó el corazón de los que estaban allí y transformó los corazones para que dejaran atrás el temor y salieran a proclamar con confianza la Buena Noticia. Pentecostés es considerado el día en que la Iglesia comienza a manifestarse públicamente con su misión universal. Por eso se considera Pentecostés como el “cumpleaños de la Iglesia”.

 

¿Por qué se celebra Pentecostés?

Pentecostés se celebra para recordar que el Espíritu Santo no ha sido dado sólo a los primeros discípulos, sino también a todos los bautizados. Es una fiesta de acción de gracias por la presencia viva de Dios en medio de su Iglesia y en cada creyente.

Esta celebración invita a pedir con humildad que el Espíritu siga guiando a la Iglesia, iluminando las decisiones de sus autoridades y de los fieles en general, sosteniendo la misión evangelizadora. Pentecostés recuerda que la vida cristiana no es un asunto de puro esfuerzo humano, sino que para obrar bien necesitamos de la gracia de Dios.

 

Los siete dones

La tradición cristiana sostiene que son siete los dones del Espíritu Santo. Estos ayudan al fiel a vivir según Dios y a responder a su plan amoroso. Estos dones son: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Cada uno perfecciona la vida espiritual de una manera concreta y real.

La sabiduría enseña a ver todo con los ojos de Dios. El entendimiento ayuda a penetrar las verdades de la fe. El consejo orienta en las decisiones difíciles de la vida diaria. La fortaleza sostiene en la prueba, en la dificultad. La ciencia permite reconocer la obra de Dios en la creación y en la historia. La piedad despierta amor filial hacia el Padre. El temor de Dios no es miedo servil, sino reverencia profunda y deseo de no apartarse de Él (cuidado responsable de no pecar).

 

Viento, fuego y lenguas

Los signos de Pentecostés expresan la acción poderosa del Espíritu Santo. El viento representa su presencia invisible pero real, como fuerza que impulsa y renueva. El fuego simboliza purificación, amor y transformación interior –la calidez del amor de Dios– . Las lenguas de fuego muestran que el Espíritu ilumina la mente y enciende el corazón para la misión evangelizadora.

También aparece el signo de las lenguas de fuego en sentido misionero: los apóstoles comenzaron a hablar de tal forma que personas de distintos pueblos o culturas podían comprender el anuncio de Dios. Así, Pentecostés manifiesta que el Evangelio está destinado a todos, sin excluir a nadie.

El color rojo en Pentecostés

El color rojo es importante en Pentecostés porque simboliza el fuego del Espíritu Santo, el amor ardiente de Dios y el dinamismo evangelizador. En la liturgia, el rojo –ornamentos sacerdotales, manteles, etc. –  recuerda también la entrega total de Cristo, por eso evoca el testimonio valiente de la fe y la sangre de los mártires. Es un color que habla de vida, fuerza y transformación.

Por eso, en este día, los ornamentos rojos ayudan a los fieles a contemplar el misterio celebrado: el Espíritu que desciende, enciende, purifica y envía. No es un adorno meramente externo, sino un signo visible de una realidad espiritual profunda.

Pentecostés es, en definitiva, una fiesta de esperanza: Dios no abandona a su pueblo, sino que lo acompaña con el Espíritu Santo para hacerlo santo, apostólico y fiel.

 

Oración de Pentecostés

Espíritu Santo,
ven a nuestras vidas y renueva nuestro corazón.
Enciende en nosotros el fuego de tu amor,
danos sabiduría para elegir el bien,
fortaleza para no rendirnos en la prueba,
y piedad para vivir como hijos de Dios.

Ilumina a tu Iglesia,
sostén a nuestras familias,
consola a los que sufren
y haznos testigos valientes de Jesucristo.
Amén.

Fuente: ACI Prensa

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La Biblia respalda la enseñanza católica de la Inmaculada Concepción que afirma que María fue concebida sin mancha de pecado original

La Biblia respalda la enseñanza católica de la Inmaculada Concepción que afirma que María fue concebida sin mancha de pecado original

Buenos Aires, domingo 7 diciembre (?R/25) —  La Iglesia Católica Romana celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María el 8 de diciembre. Es una fiesta que reconoce la concepción de María sin ninguna mancha de pecado original y que se celebra en todo el mundo católico mañana.

Aunque no se menciona explícitamente en la Biblia, el dogma de la Inmaculada Concepción está respaldado por varios pasajes de las Escrituras.

Llena de gracia

En el Evangelio de Lucas leemos la narración en donde el Ángel se aparece a María, quien es llamada «llena de gracia», un término que refleja su estado «inmaculado» (del latín «sin mancha»).

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». (Lc 1, 26-28)

La confirmación de la Iglesia

El Catecismo de la Iglesia Católica explica esta conexión.

A lo largo de los siglos, la Iglesia ha tomado cada vez más conciencia de que María, «llena de gracia» por Dios, fue redimida desde el momento de su concepción. Así lo confiesa el dogma de la Inmaculada Concepción, proclamado por el papa Pío IX en 1854.

La Santísima Virgen María fue, desde el primer momento de su concepción, por una gracia y privilegio singulares de Dios todopoderoso y en virtud de los méritos de Jesucristo, Salvador de la raza humana, preservada inmune de toda mancha de pecado original (CEC 491).

Es privilegio ha sido reconocido por la Iglesia universal. El Catecismo añade la postura de los Padres de la tradición oriental:

Los Padres de la tradición oriental llaman a la Madre de Dios «la Toda Santa» (Panaghia), la celebran «como inmune de toda mancha de pecado y como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo» (LG 56). Por la gracia de Dios, María ha permanecido pura de todo pecado personal a lo largo de toda su vida (CEC 493).

El único versículo de Lucas (1, 28) es la afirmación más directa de la Biblia de que María fue concebida inmaculadamente.

 

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Fuente: Aleteia