La vitivinicultura nacional enfrenta una tormenta perfecta por la caída del consumo global y un dólar atrasado, lo que exige transformar el modelo productivo para no quedar fuera de juego.

 

 

 

 Por Jorge Day

Buenos Aires jueves 22 octubre (PR/26)– La vitivinicultura argentina se encuentra atravesando una encrucijada inédita en su historia al enfrentar dos grandes problemas en simultáneo. Por un lado, cae de manera sostenida el consumo mundial de vinos, generando menores volúmenes exportados y una fuerte presión bajista sobre los precios internacionales.

Por el otro lado, desde el año 2023 el dólar ha subido a un ritmo menor que los costos argentinos, erosionando la competitividad exportadora del sector. Si la actual estabilidad macroeconómica se prolonga en el tiempo, este complejo escenario de costos altos en divisas podría sostenerse de forma indefinida.

 

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Países vecinos y competidores directos como Chile y Australia debieron atravesar dilemas similares, aunque lo hicieron en etapas y momentos totalmente diferentes. La provincia de Mendoza los encara juntos y con dos desventajas estructurales: la enorme distancia a los puertos y una economía históricamente poco abierta.

Las dos posturas frente a la crisis

 

Frente a esta realidad, la postura del statu quo implica mantener las prácticas actuales y dejar que el ajuste recaiga directo sobre el precio de la uva. Esta cotización acumula tres años en baja, provocando el inevitable abandono de viñedos y dejando al sector expuesto a fluctuaciones por malas cosechas.

Por el contrario, la postura proactiva propone aprender de la experiencia internacional y transformarse a fondo para no perder mercados ni rentabilidad. Entre 2002 y 2012, el auge del cobre chileno y de la minería australiana generó un ingreso masivo de divisas a sus economías.Aquel fenómeno provocó la apreciación real de sus monedas, obligando a sus vitiviniculturas a competir globalmente con costos locales mucho más elevados.

Existía sin embargo una gran ventaja: en aquella época el consumo mundial continuaba creciendo a paso firme antes de la crisis de 2008. Tras esa bisagra histórica, las exportaciones australianas comenzaron a caer, mientras que las de Chile mantuvieron un ritmo ascendente.

 

Estrategias empresariales para competir con costos altos

 

Ante costos en alza y precios presionados, la reacción empresarial exige vender más, ganar productividad, agregar valor o ajustar la estructura.

Para ampliar mercados, Chile aprovechó sus valiosos acuerdos comerciales y tejió eficientes redes de distribución internacional. En tanto, Australia enfrentó serias dificultades para sostener sus envíos debido a una apreciación cambiaria mucho más intensa y prolongada.

En materia de valor, ambos países apostaron fuerte a la calidad, el desarrollo de marcas y la diferenciación para lograr mejores márgenes. Aun así, tanto la nación transandina como la oceánica mantuvieron en paralelo su tradicional producción de vinos a granel y líneas económicas.

 

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En el plano de la productividad, Australia dio un salto vertiginoso en mecanización, automatización y economías de escala.

Por su parte, los productores de Chile volcaron inversiones masivas en tecnología agrícola, sistemas de riego e infraestructura moderna. El objetivo de ambas naciones fue claro: contener de manera drástica el costo por litro producido en finca y bodega.

Finalmente, la necesidad obligó a realizar un profundo ajuste de capacidad productiva y reestructuración empresarial.

En Australia esto se tradujo en una paulatina reducción de superficies cultivadas y fusiones, mientras Chile continuó expandiendo sus viñedos.

 

El desafío global de la contracción del consume

 

Desde la segunda mitad de la década de 2010, la demanda mundial de vino comenzó un acelerado declive estructural.

Las bodegas buscaron adaptarse lanzando vinos frescos, de menor graduación alcohólica, nuevos envases y apostando al enoturismo. Sin embargo, estos esfuerzos comerciales de venta directa no lograron compensar totalmente la pérdida en los mercados habituales.

 

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Ante esta contracción, los competidores optaron por reducir la oferta mediante el procesamiento de menores volúmenes. En Chile se llegó a la erradicación de parcelas y al reemplazo de hectáreas vitícolas por otros cultivos alternativos más rentables.

La gran lección internacional demuestra que la apreciación cambiaria se combate con eficiencia y nuevos mercados. Pero cuando la demanda cae, la única salida sostenible pasa por redimensionar la capacidad productiva y reconvertir activos.

 

Las restricciones estructurales de las provincias productoras

 

A este complejo panorama global se le suman las severas trabas de Mendoza y San Juan en el plano local.

La primera traba es la enorme distancia flete de mil kilómetros hacia los puertos atlánticos, encareciendo la logística. Esta desventaja geográfica castiga severamente los márgenes de los vinos económicos y de la exportación a granel.

 

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La segunda traba se debe a una economía cerrada, carente de tratados de libre comercio significativos y castigada por impuestos. Como resultado directo, las bodegas argentinas abonan aranceles de ingreso mucho más altos que sus rivales chilenos.

 

Los compromisos del sector público y del ámbito privado

 

Para los gobiernos, la prioridad absoluta debe centrarse en reducir la pesada carga del costo argentino no cambiario. Resulta urgente mejorar la infraestructura logística, recortar impuestos distorsivos, simplificar trámites y negociar acuerdos comerciales.

Asimismo, la administración pública debe coordinar y financiar una reconversión ordenada de los viñedos menos competitivos. Desde las bodegas privadas, la meta ineludible consiste en recortar el costo unitario por litro y ganar eficiencia.

También deberán volcarse masivamente hacia productos de alto valor agregado, potenciando la venta directa y el turismo. Atravesar este proceso será especialmente crítico para las pymes vitivinícolas, que sufren falta de escala y crédito.

En conclusión, el futuro de la actividad exige bajar costos, elevar el valor por litro y adecuar la oferta al nuevo escenario mundial.

 

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Fuente: novedadeseconomicas.ieral.org