A ochenta y un años de su nacimiento, el peronismo ya no asusta a sus opositores sino a los mismos trabajadores que dice defender, atrapado en peleas internas y sin ideas para el futuro.

 

 

 

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Cátedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

Buenos Aires, domingo 25 octubre (PR/26) — El miedo cambió de domicilio: la crisis de identidad del peronismo a 81 años del 17 de octubre. El peronismo nació como la esperanza de unos y el miedo de otros. Ochenta y un años después del 17 de octubre, ya no asusta a sus adversarios: asusta a los que dice representar. Y lo más grave es que el primero en tener miedo es el propio peronismo.

I. Una liturgia, cuatro lealtades

El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores cruzaron el Riachuelo, llegaron a la Plaza de Mayo con calor, con hambre y con una certeza nueva, y metieron los pies en la fuente.

La imagen escandalizó a la Argentina decente de entonces y fundó, en una tarde, la identidad política más perdurable del país.

Ochenta y un años después, el aniversario dejó una postal menos épica y más elocuente. Axel Kicillof encabezó el acto del peronismo bonaerense en González Catán.

La Cámpora se movilizó en torno al departamento de San José 1111, donde Cristina Kirchner cumple su condena, con una consigna que mezcla nostalgia y profecía: «De San José a la Rosada, la Patria liberada».

Máximo Kirchner habló en Chaco junto a Jorge Capitanich, y Sergio Massa amaneció en el living de la expresidenta en una foto que circuló por las redes sin que nadie explicara de qué se habló.

La liturgia fue una, pero las lealtades fueron por lo menos cuatro en un movimiento que disputó escenario, liderazgo y significados. Nadie traicionó a nadie en voz alta, pero todos invocaron la unidad a condición de que la encabece uno.

II. El diagnóstico sin tratamiento

La crisis del peronismo ya no es una pelea por cargos, sino una crisis profunda de identidad, de ideas y de representación.

El partido que ordenó la política argentina durante ocho décadas hoy no logra responder una pregunta elemental: qué propone para la Argentina que viene.

Kicillof reconoció en González Catán que «no alcanza con ser oposición, no alcanza con luchar», mientras Máximo Kirchner pidió desde Chaco dejar atrás la autocompasión y reclamó que «las dirigencias empiecen a hablar claro».

El problema es que este diagnóstico lo formulan los mismos que deberían tratarlo, actuando como comentaristas de su propio derrumbe en lugar de ofrecer un horizonte que no sea una invitación a regresar al pasado.

III. Tres nombres y ninguna idea

El peronismo ofrece nombres conocidos, pero carece absolutamente de una idea nueva de país para convencer a la sociedad.

Sergio Massa reaparece como figura de unidad pese a que su paso por el Ministerio de Economía y su derrota presidencial dejaron un balance difícil de presentar como renovación.

Cristina Kirchner conserva capacidad de conducción, pero esa influencia tiene un límite judicial definitivo tras la confirmación de su condena por la Corte Suprema en la causa Vialidad (seis años de prisión e inhabilitación perpetua).

Axel Kicillof busca proyectarse hacia 2027, pero la mera voluntad de competir no es un programa ni responde qué haría con la economía, la inversión o la productividad nacional.

IV. Los intérpretes del movimiento

Las lecturas sobre este movimiento octogenario se dividen entre melancólicos, realistas del ciclo y desafiantes que agitan viejas consignas de confrontación.

Melancólicos como Julio Bárbaro lo miran como un hermoso recuerdo. Realistas como Jorge Asís aplican la teoría del frente electoral: en años no electorales se pelean y en el electoral marchan juntos detrás del poder.

Por otro lado, los desafiantes agitan el «volveremos peores» o remiten a viejos grafitis del conurbano como «Tiemblen, gorilas, que Tarzán es peronista», definiendo la identidad por el miedo provocado en el otro.

Sin embargo, las tres interpretaciones comparten un punto ciego fundamental: ninguna advierte que el país en el que esas lecturas funcionaban ya no existe.

V. De Gutenberg al pulgar

Marshall McLuhan definió la galaxia Gutenberg de pensamiento lineal e impreso, y Manuel Castells bautizó la galaxia Internet, transformada hoy por los algoritmos y el scroll infinito inventado por Aza Raskin.

Estudios de la psicóloga Gloria Mark (Universidad de California) y de Alex Pentland (MIT) demuestran que la atención humana cayó de 2,5 minutos a 47 segundos, modificando la recepción política.

El electorado actual se informa de manera horizontal entre pares en comunidades de afinidad, premiando una comunicación visceral basada en emociones, provocación y espectáculo por sobre la argumentación.

El peronismo fundacional fue una revolución comunicacional que entendió la radio y el radioteatro con Perón y Evita; ochenta años después, sus herederos pertenecen a la vieja política e ignoran este nuevo ecosistema.

VI. El miedo cambió de domicilio

Spinoza enseñó en su Ética que «no hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza», pues ambas son pasiones nacidas de la incertidumbre sobre el futuro.

El peronismo fue esperanza pura para los trabajadores de 1945 y miedo puro para las élites. Hoy la ecuación se invirtió por completo: ya no asusta a los gorilas, sino al ciudadano de a pie, al trabajador informal y al joven.

Lo más inquietante es que el propio movimiento siente miedo: temor a la autocrítica, temor al futuro, temor a los jóvenes, temor al idioma actual y temor a perder su liturgia.

Esta inversión convierte al miedo al regreso del peronismo en el principal activo electoral del Gobierno, donde la sociedad puede preferir continuar antes que retroceder a lo conocido.

VII. Entre dos monstruos

La sociedad actual transita entre dos monstruos políticos donde el miedo viaja en ambos sentidos y la esperanza no viaja en ninguno.

En 1945 los trabajadores metieron los pies en la fuente porque alguien los había nombrado. Ochenta y un años después, el ciudadano común abre la heladera de noche y la luz ilumina un estante cada vez más vacío.

Ningún acto del 17 de octubre llegó hasta esa cocina. La pregunta vital que el peronismo evita hacerse es qué queda de un movimiento cuando el único sentimiento que despierta es el mismo miedo que antes provocaba en sus enemigos.

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Fuente: Sergio Mammarelli