Había un hombre del grupo de los fariseos llamado Nicodemo, jefe judío. Este fue a ver a Jesús de noche y le dijo:
«Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios».
Nicodemo le pregunta:
«¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer?».
Jesús le contestó:
«En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabemos de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que ha nacido del Espíritu».
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 42-47
Los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Salmo
Salmo 117, 2-4. 13-15. 22-24 R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia. R/.
Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R/.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 1, 3-9
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un Poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a vosotros».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 13-21
En aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo:
«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».
Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:
«¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.
Salmo de hoy
Salmo 117, 1 y 14-15. 16-18. 19-21 R/. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R/.
«La diestra del Señor es poderosa.
La diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R/.
Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Marcos 16, 9-15
Jesús, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
«Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación».
Evangelio de hoy en vídeo
Reflexión del Evangelio de hoy
No podemos obedecer a los hombres, sino a Dios
Más de cuarenta años tenía aquel hombre al que encuentran Pedro y Juan junto a la puerta Hermosa del Templo. Les ha pedido limosna. Ellos no tienen ni plata ni oro, pero van a compartir lo que constituye su tesoro más preciado: la experiencia de la fe en Jesús Resucitado. El único capaz de hacernos poner en pie y caminar.
Este hombre, enfermo y dependiente de la limosna y de la generosidad de los demás, comienza a ser realmente libre. Todos los que le conocían pueden dar testimonio de ello.
A partir de este acontecimiento son muchos los que escuchan la Palabra y se convierten. Ante tales hechos, los sacerdotes y los saduceos se intranquilizan, sienten miedo, y mandan a la guardia del Templo a prender a Pedro y a Juan. Están sobrepasados por su actitud. Saben que eran del grupo de Jesús. Deliberan en consejo y les prohíben anunciar el nombre de Jesús.
Los Apóstoles se alegran de sufrir persecución por predicar el Evangelio y no están dispuestos a obedecer a los dirigentes y desobedecer a Dios. Ellos son testigos de lo que han visto y oído en primera persona de Jesús. Dan testimonio con su palabra y con su vida.
María Magdalena, apóstol de los apóstoles
En El Evangelio vemos siempre a Jesús rompiendo moldes. El primer día de la semana se aparece resucitado a María Magdalena. Una mujer que había sido pecadora. Es ella la encargada de anunciar su resurrección a los Apóstoles. Es la primera en tener experiencia del Resucitado. Pero ¿cómo iban a creer el testimonio de una mujer? Ni siquiera creyeron a los que iban de camino.
Jesús les echa en cara a los discípulos su dureza de corazón e incredulidad. Hace falta que Él mismo en persona se siente a la mesa con ellos y que les envíe al mundo entero para anunciar el Evangelio, para que crean.
En la Eucaristía seguimos experimentando a Jesús resucitado
También nosotros somos llamados a creer en Jesucristo Resucitado. Su resurrección es el centro de nuestra fe. Por eso es necesario experimentar a Jesús, que nos pone en pie, que nos cura de todas nuestras dolencias, que nos invita a ponernos en camino y nos envía a anunciar la Buena Noticia desde el testimonio de nuestra experiencia personal.
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1-14
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tenéis pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traed de los peces que acabáis de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almorzad».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos
Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48
En aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a vosotros».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tenéis ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 3, 1-10
En aquellos días, Pedro y Juan subían al tempo, a la oración de la hora nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
Salmo de hoy
Salmo 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 R/. Que se alegren los que buscan al Señor
Dad gracias al Señor, invocad su nombre,
dad a conocer sus hazañas todos los pueblos.
Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas. R/.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro. R/.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Aquel mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos setenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzado por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Evangelio de hoy en vídeo
Reflexión del Evangelio de hoy
“En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”
Celebrando, como estamos, el día de la Resurrección del Señor, un domingo prolongado como único en su octava, la alegría de la Pascua llena a la Iglesia, por consiguiente, debiera llenar de inmensa alegría a cada bautizado. Es lo que destaca la oración colecta con la que se inicia y centra esta celebración. La vida del cristiano es una existencia centrada en la Pascua, por la misma participación pascual vivida en el bautismo.
El episodio del discapacitado de la puerta Hermosa, revela la consecuencia de la Pascua en los discípulos. Así como Jesús, junto a la piscina de Betesda, cura al paralítico al que pregunta si quiere ser curado, de la misma manera, Pedro y Juan, actúan con aquel lisiado. Escuchan cómo les pide limosna. Miran y escuchan. Atienden y entienden a aquel hombre. Él espera una limosna, que es lo habitual. Pero va a vivir una experiencia nueva, transformadora.
Pedro le dice: “Míranos”. Él mira, esperando como siempre ser socorrido. La respuesta de Pedro le coloca ante algo nuevo. No tiene ni plata ni oro, pero le da lo que tiene: “En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Junto a la palabra tiene su mano y lo levanta.
Detenernos en esos detalles es oportuno. Tenemos que darnos cuenta de lo que ocurre ante nosotros y en nuestro entorno. Discernir lo que realmente es necesario y qué podemos y debemos compartir. Las monedas no hubieran cambiado la vida de aquel hombre, ponerlo en relación con Jesucristo, marcó la diferencia. Palabra y gesto convocaron al seguimiento. Jesús transformó a aquella persona. Alegría y alabanza a Dios se desbordan en esa persona y el pueblo queda sorprendido y desconcertado.
Que se alegren los que buscan al Señor
La alegría de la búsqueda la produce el encuentro con el Señor. El sale al paso de los que ansían estar con él. Y la consecuencia de este encuentro es el anuncio gozoso, la proclamación convencida y la existencia transformada, cuentan las maravillas del Señor. Porque no se trata de una bonita narración, sino de una manifestación de lo que él ha llevado a cabo.
Jesús lo dirá de otra manera: que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. Esas buenas obras dejan ver lo que ha realizado el Señor. Es la mejor manera de encaminar a otros al encuentro con el Señor de la Vida. Se resalta así la fidelidad de Dios con el ser humano. Él siempre cumple su promesa y mantiene la mano tendida y la puerta abierta para acoger y levantar a todos los que le buscan y desean permanecer siempre con él.
“¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”
Todos somos discípulos de Emaús. Todos sentimos la necesidad de ser acompañados en la desolación y en las crudas experiencias que tenemos que afrontar. Por eso, este pasaje del evangelio de San Lucas, extremadamente elocuente, conviene saborearlo con calma, a solas o en común, pero siempre muy metidos en él.
Aquel día de Pascua, la desilusión y la frustración carcomían a los dos que determinaron retomar su vida y quehacer ordinario. Y la conversación entre ambos, engañosamente parece sostenerlos en su decisión. Nada esperaban ya. Pero siempre Dios sorprende y ellos fueron sorprendidos por la pregunta de un desconocido: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Así comienza su sanación interior. La pregunta de Jesús busca que saquen fuera de ellos sus frustraciones y lo hacen contándole a este desconocido sus sufrimientos. El escucha pacientemente y cuando todo queda manifiesto, comienza su labor regeneradora.
Lo hace mientras van caminando. Jesús actúa en la historia concreta de cada uno, iluminando, explicando, abriendo el entendimiento a la comprensión de la verdad. Es la realidad personal de cada uno la que se convierte en lugar de su actuación. Tiende su mano al abatido y desesperanzado, llevándolo a recuperar el sentido de su vida, descubriendo la novedad a la que es llevado.
Y acontece sentados a la mesa, con un signo que revela la identidad de aquel desconocido. Lo reconocen al partir el pan. Y la sanación ha acontecido y la reconocen ellos también: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” Ha cambiado su situación, la desolación ha desaparecido y la frustración ha sido superada por la verdad: Ha resucitado el Señor.
El encuentro los motiva y hace sentir la necesidad de contarlo a los demás. Esto no se puede producir sino a partir del encuentro con el Resucitado. Toda conversión acontece por el reconocimiento del Señor que vive y hace vivir. Hay que contarlo a los demás para inducirlos a llegarse a él. El que vino a nosotros se convierte en camino para llegar a la plenitud que ofrece a todos.
¿Cómo vivo en mi existencia la Pascua?
¿Cómo llevar a este mundo la verdadera alegría que sólo en él se puede encontrar?