Hoy celebramos a Santa Edith Stein, carmelita de origen judío, víctima del nazismo

Hoy celebramos a Santa Edith Stein, carmelita de origen judío, víctima del nazismo

 

Buenos Aires, domingo 9  agosto (PR/26) — Cada 9 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santa Edith Stein, carmelita descalza, filósofa, mística judío alemana y mártir.

Edith -quien adoptaría el nombre religioso de Sor Teresa Benedicta de la Cruz- nació en Breslau (Breslavia) el 12 de octubre de 1891, en tiempos en los que dicha ciudad era todavía una provincia alemana. Hoy Breslavia forma parte de Polonia.

Amor a la sabiduría

Edith nació en el seno de una familia judía y fue educada como tal. Sin embargo, durante su adolescencia y los primeros años de juventud empezó a cuestionar su religión paulatinamente, hasta que terminó abrazando el ateísmo.

Años más tarde, convertida en prominente estudiante de filosofía de la universidad de Gotinga (Alemania), tomó contacto con la “fenomenología” -novedosa perspectiva filosófica en ese momento-, caracterizada por la pretensión de base de renovar las ciencias y el saber tal y como se conocían.

Edith destacó como estudiante universitaria gracias a su penetración intelectual. Enterado de ello, el filósofo Edmund Husserl -padre de la fenomenología- la escogió como asistente de cátedra. Edith ocupó con brillantez ese destacado puesto, incluso antes que Martín Heidegger (1889-1976), otro de los más importantes filósofos del siglo XX.

Tras superar innumerables dificultades propias del mundo académico del momento, la gran mayoría relativas a su condición de mujer, Edith obtuvo el título de Filosofía de la Universidad de Friburgo.

La Primera Guerra y la Cruz Roja

La joven filósofa poseía un elevado sentido de la solidaridad. Desatada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se enlistó en la Cruz Roja como enfermera y fue destacada a un hospital de campaña. Los años siguientes fueron muy duros: Edith conoció de manera directa la tragedia de la guerra y experimentó con creces lo que significa la fragilidad humana.

En medio de las terribles circunstancias que la rodearon, ella se esforzó por ser siempre  amable, generosa y servicial.

 

El encuentro con Cristo a través de Santa Teresa de Ávila

Terminada la guerra, en 1921, Edith decide visitar a una amiga que había quedado viuda, con el propósito de hacerle compañía. Grande fue su sorpresa al encontrarla con una serenidad y resignación fuera de lo común: quedó impactada por la paz y la fe que irradiaba aquella mujer, a pesar del dolor a causa de la pérdida. Su amiga, entonces, le confesó que lo que la sostenía era la fe en Dios. Casi de inmediato, Edith se interesa en la fuente de aquella paz espiritual que anhelaba: el cristianismo. Luego lee la autobiografía de Santa Teresa de Jesús.

Por ese entonces, varios de sus amigos y colegas del círculo fenomenológico pasaban por experiencias similares. Más de uno se había convertido al catolicismo, lo que aumentó la intensidad de su interés.

Aquel acercamiento intelectual y espiritual a la vida de Teresa de Ávila la transformó profundamente. Un radical cuestionamiento sobre el sentido de la propia vida y la búsqueda de la verdad culminaron en el abrazo a la fe católica.

 

“Como católica me siento más judía” (Edith Stein)

Después de un tiempo de purificación personal, pidió ser bautizada. Buscó la ayuda de un sacerdote y, después de una etapa de preparación, recibió el sacramento de la iniciación en 1922. Edith había encontrado por fin aquello que siempre buscó desde lo hondo de su ser.

No era raro escucharla decir -ya siendo religiosa- que al haberse hecho católica, de una manera muy peculiar, “se sentía más judía”: el pueblo judío había esperado por un mesías, y ella lo había encontrado. Jesucristo era ahora el sentido de su fe y vida.

Vocación religiosa

Paulatinamente fue brotando otro cuestionamiento: la inquietud vocacional. Edith continuaría su itinerario personal, esta vez acompañada de un director espiritual. Ingresa a trabajar como profesora en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena; dicta conferencias, traduce libros, destaca profesionalmente, y, cada vez que puede, se escapa para encontrar la paz que necesita. Su lugar favorito era la abadía benedictina de Beuron.

Mientras tanto, la situación política en Alemania se radicaliza -eran años de deterioro moral en su país-. El régimen nacional socialista, caracterizado por su antisemitismo, la identifica y le prohíbe la enseñanza.

A pesar de ello, Edith no se desanima.

Su fe ha madurado y se descubre llamada a la vida religiosa: ingresa al Carmelo en Colonia como postulante. Con ese paso, rompe definitivamente con su pasado, y renuncia al prestigio y la fama del mundo académico. El 15 de abril de 1934 toma el hábito carmelita y cambia su nombre a Teresa Benedicta de la Cruz.

 

Un mundo sin Dios

Para ese entonces, la situación de los judíos se había tornado dramática y Edith pide ser trasladada de monasterio para no poner en riesgo la vida de sus compañeras. Es enviada a una comunidad en Holanda junto con su hermana Rosa, quien también se había convertido al cristianismo y servía como hermana lega. Mientras tanto, los nazis amenazan con “deportar” -desaparecer- a los judíos de Europa, incluyendo a los conversos.

El derrotero tomado por el partido ya generaba el rechazo del mundo libre y la condena internacional. La Iglesia Católica, a través de las gestiones del Papa Pío XII se convierte en bastión de defensa del pueblo judío. A pesar de las innumerables presiones que recibe, Pio XII se mantiene firme del lado de los perseguidos y maltratados.

 

El camino de la Cruz

Las fuerzas nazis de ocupación en Holanda declaran a todos los católicos judíos como “apátridas”, por lo que deberán ser detenidos y deportados. Así, un contingente militar nazi ingresa al convento carmelita donde viven Edith y Rosa y se las llevan.

Ambas son trasladadas al campo de concentración de Westerbork (Países Bajos). Edith, en medio de aquella situación extrema, se preocupa por ayudar y consolar a sus compañeros de prisión. Las condiciones en las que viven incluyen humillaciones, tortura y, por supuesto, la muerte.

Semanas después, Edith y Rosa son enviadas al campo de concentración de Auschwitz (territorio de ocupación en Polonia). Forman parte de un grupo de unos mil judíos. Las hermanas Stein arriban el 9 de agosto de 1942. Después solo sucede lo inevitable: los prisioneros recién llegados son organizados para ser conducidos a la cámara de gas. Santa Edith es ejecutada en uno de los grupos. Muere ofreciendo su vida por la salvación de las almas, la liberación de su pueblo y la conversión de Alemania.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Santa Edith Stein, fue canonizada por San Juan Pablo II en 1998. El Papa le concedió el título de “Mártir por amor”.

Un año más tarde, en octubre de 1999, la santa fue declarada copatrona de Europa.

Más información:

 

Si deseas puedes ver nuestra columna que está publicada sobre la santa escrita por Gonzalo Fierro

Edith Stein: La pensadora que desafió su época para dignificar la voz y el rol de la mujer

 

Fuente: ACI Prensa
Primicias Rurales
Cada 7 de junio recordamos a la Beata Ana de San Bartolomé, discípula de Santa Teresa de Jesús

Cada 7 de junio recordamos a la Beata Ana de San Bartolomé, discípula de Santa Teresa de Jesús

 

Buenos Aires, domingo 7 junio (PR/26) — Cada 7 de junio se recuerda a la Beata Ana de San Bartolomé, religiosa carmelita, mística y discípula de Santa Teresa de Jesús. Sor Ana impulsó, con grandes frutos, la expansión de la reforma carmelita descalza en Francia y los Países Bajos.

Fue proclamada “Libertadora de Amberes” (Bélgica) ya que la antigua ciudad de Flandes, que había sido escenario de los enfrentamientos entre católicos y protestantes durante buena parte del siglo XVI, ganó en paz y prosperidad gracias a la fundación del monasterio carmelita descalzo liderado por la Beata Ana.

El monasterio le dio nueva vida a la ciudad, la que alguna vez fue llamada “la más bella de las ciudades” en los siglos anteriores. Posteriormente, Amberes se salvaría de la destrucción a manos de los holandeses, gracias a que los católicos de allí se encomendaron a la beata.

Tiempos aciagos

 

Ana de San Bartolomé nació el 1 de octubre de 1549 con el nombre Ana García Manzanas en Almendral de la Cañada (Toledo, España).

Vivió durante el periodo que se denomina el «siglo de oro» español, cuando en América se llevaban a cabo los primeros grandes esfuerzos evangelizadores en el nuevo continente. España libraba una dura y sangrienta batalla en el marco de lo que se conoce como “guerras de religión” ocasionadas por el avance del protestantismo.

Bajo el patrocinio del Apóstol Bartolomé

 

En ese contexto la joven Ana fue creciendo y madurando la idea de un posible llamado a la vida religiosa. Sin embargo, en un momento determinado su salud se vio afectada y enfermó gravemente.

Entre sus hermanos y familiares se suscitó una gran preocupación, así que decidieron rezar una novena al Apóstol San Bartolomé para pedir por su curación.

Ese mismo año, completamente recuperada, ingresó al convento de San José de Ávila como hermana lega y eligió a San Bartolomé como su santo patrono, cuyo nombre tomaría como carmelita descalza.

 

Santa Teresa de Ávila y el espíritu de la reforma

 

Siendo novicia, conoció a Santa Teresa de Jesús, impulsora de la reforma del Carmelo. La Doctora de la Iglesia aprobó su profesión y le tomó los votos el 15 de agosto de 1572. Luego la convirtió en su secretaria particular.

Aprendió a escribir pulcramente de modo milagroso. Destacó siempre por su extraordinaria caridad, por su unión mística con Dios y por su gentileza con el prójimo.

Tras el fallecimiento de Santa Teresa, Sor Ana de Bartolomé inició el periplo que la llevaría a Francia, Bélgica y Países Bajos fundando conventos, dejando en muchos lugares hermosos testimonios de su virtud.

En su autobiografía, escrita por obediencia, dejó constancia de las abundantes gracias de las que gozó durante su vida, en especial de los regalos místicos que el Señor le concedió. No falta el recuento de sus luchas contra los ataques y tentaciones del demonio.

Tuvo el don de la bilocación. Cuando se enteró de que su confesor, el P. Juan de San Cirilo, estaba por morir, rezó por él y de pronto se vio a su lado, dándole consejos a su enfermero. También tuvo el don del conocimiento de las almas, que le aprovechó mucho para dar consejo espiritual y asistir con su oración a quienes se le acercaban.

 

Epílogo

 

En 1624 Sor Ana de San Bartolomé sufrió una apoplejía, de la que no pudo recuperarse totalmente.

El 7 de junio de 1626, luego de haber recibido la Extremaunción y la santa Comunión, cayó en éxtasis por unos minutos y entregó su alma en paz.

Ana de San Bartolomé fue beatificada en 1917 por el Papa Benedicto XV.

 

Más información de la vida de Ana de San Bartolomé aquí:

 

Primicias Rurales
Fuente: ACI Prensa