Oct 8, 2026 | Desarrollo Humano, Opiniones
Una búsqueda sobre la conciencia, la separación y aquello que permanece
Mendoza, jueves 8 octubre (PR/26) — Una profunda reflexión filosófica y espiritual sobre la conciencia, la ilusión de la separación y la naturaleza de la identidad frente al misterio de la existencia.
I. La pregunta
Hay preguntas que uno no se hace porque espera encontrar una respuesta.
Se las hace porque llega un momento en que la respuesta que tenía ya no alcanza.
Durante mucho tiempo pensé que mi conciencia era mi cerebro.
Una extraordinaria maquinaria biológica compuesta por miles de millones de neuronas, impulsos eléctricos, neurotransmisores y conexiones que, de alguna manera todavía misteriosa, producen eso que llamamos pensamiento, memoria, emoción, percepción y conciencia.
Pero hay algo que siempre me ha resultado extraño.
Podemos describir cada vez mejor lo que sucede en el cerebro, y sin embargo permanece intacta la pregunta fundamental:
¿Quién es el que experimenta todo eso?
Podemos observar una neurona.
Podemos medir un impulso eléctrico.
Podemos registrar una imagen cerebral.
Podemos describir una emoción.
Pero ¿dónde está el que siente?
¿Dónde está ese lugar desde el cual digo:
“Yo estoy aquí.”
Quizás la pregunta por la conciencia sea, en última instancia, la pregunta más íntima de todas.
Porque no estoy preguntando qué es el universo.
Estoy preguntando:
¿Quién es el que está mirando el universo?
───
II. El cerebro y la radio
Tal vez el error esté en suponer que el cerebro necesariamente fabrica la conciencia.
Tal vez sea así.
Pero también existe otra posibilidad.
Que el cerebro no sea el creador de la conciencia, sino su instrumento.
Como una radio.
Una radio no crea la música que reproduce.
La recibe, la transforma y la convierte en sonido.
Si rompemos la radio, la música desaparece de esa habitación.
Pero nadie concluiría por eso que la música dejó de existir.
Quizás nosotros seamos algo parecido.
Una radio biológica.
Un instrumento extraordinariamente sofisticado capaz de sintonizar una determinada experiencia de la realidad.
Nuestra personalidad sería entonces la forma particular en que esa señal se expresa a través de nosotros.
Nuestro cuerpo.
Nuestra memoria.
Nuestra historia.
Nuestro cerebro.
Nuestro lenguaje.
Nuestro nombre.
Todo aquello que llamamos “yo”.
Y aquí aparece una posibilidad todavía más inquietante:
quizás yo no sea la radio.
Quizás soy aquello que, durante un instante, escucha a través de ella.
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III. La materia que podría estar escuchando
En este punto aparece una de las ideas más fascinantes de la ciencia contemporánea: la posibilidad, planteada por Roger Penrose y Stuart Hameroff en la teoría Orch-OR, de que determinados procesos relacionados con la conciencia puedan involucrar estructuras microscópicas llamadas microtúbulos, presentes dentro de las neuronas.
La hipótesis intenta llevar la pregunta por la conciencia hasta un nivel todavía más profundo de la materia.
Como si debajo de las neuronas hubiera otra arquitectura.
Y debajo de esa arquitectura, otra.
Hasta llegar a una frontera donde la física clásica deja paso a una realidad mucho más extraña.
La mecánica cuántica.
Allí la materia deja de comportarse como las pequeñas piezas sólidas que imaginamos.
La realidad parece menos parecida a un conjunto de objetos y más parecida a un entramado de posibilidades, relaciones y estados.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no sería solamente:
¿Cómo produce el cerebro la conciencia?
Sino:
¿Qué relación existe entre la conciencia y la estructura más profunda de la realidad?
Penrose llevó esta pregunta todavía más lejos.
Si la conciencia no fuera completamente reducible a un algoritmo, entonces quizá hubiera algo en la estructura del universo que participa en ella de una manera que todavía no comprendemos.
No significa que la física haya demostrado que la conciencia sea cósmica.
Pero abre una puerta.
Y a veces una puerta es más importante que una respuesta.
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IV. La ilusión de estar separados
Esa puerta científica conduce, curiosamente, hacia una pregunta que las tradiciones espirituales vienen formulando desde hace miles de años:
¿Y si nunca hubiéramos estado separados?
Un Curso de Milagros plantea precisamente la separación como el fundamento del pensamiento egótico: la mente que se percibe como un yo aislado frente a un mundo exterior.
Yo aquí.
El mundo allá.
Yo frente a los otros.
Yo frente a la naturaleza.
Yo frente al universo.
Yo frente a la muerte.
El pensamiento dice:
“Esto soy yo.”
Y establece una frontera.
Pero ¿dónde termina realmente el yo?
Mi piel parece decir que aquí termino yo.
Pero el aire que está fuera de mí entra en mis pulmones y se convierte en parte de mí.
El alimento que estaba fuera de mí se convierte en mi cuerpo.
La luz que estaba fuera de mí entra por mis ojos y se convierte en experiencia.
La materia que llamo “yo” estuvo alguna vez en las estrellas.
Entonces quizá la frontera entre “yo” y “el resto” sea mucho menos absoluta de lo que parece.
Tal vez exista como experiencia.
Pero no necesariamente como separación fundamental.
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V. Los liliputienses
Y comprendo algo sobre el ego.
Quizás el ego no sea exactamente quién soy.
Quizás sea el personaje que fabriqué para sobrevivir dentro de un mundo que creo separado de mí.
Y ese personaje tiene mil caras.
Una para ser fuerte.
Otra para defenderme.
Otra para agradar.
Otra para seducir.
Otra para esconder el miedo.
Otra para sentirme superior.
Otra para no parecer vulnerable.
Otra para conseguir reconocimiento.
Otra para evitar el rechazo.
Otra para sentir que tengo razón.
Otra para sentirme víctima.
Otra para no sentirme solo.
Y así, sin darnos cuenta, construimos una pequeña multitud dentro de nosotros.
Los liliputienses, en la hermosa imagen de Raúl Bobillo(mi maestro espiritual), esos pequeños personajes interiores que aparecen según la situación y que, cada uno a su manera, intentan protegernos del mundo que creemos separado de nosotros.
Uno se enoja. Otro se defiende. Otro busca aprobación. Otro huye. Otro quiere tener razón. Otro se siente víctima.
Todos creen ser “yo”.
Pero ninguno es realmente el yo.
Son estrategias.
Son máscaras.
Son respuestas aprendidas.
Son personajes que creamos para relacionarnos con un mundo que percibimos como exterior y potencialmente amenazante.
El ego podría ser entonces una especie de director de teatro que, después de tantos años dirigiendo la obra, terminó creyendo que él también era el escenario.
───
VI. El personaje que olvidó que era personaje
Quizás ese sea uno de los grandes misterios de nuestra existencia.
Creamos un personaje para vivir.
Después olvidamos que lo creamos.
Y terminamos viviendo para protegerlo.
Protegemos nuestro nombre.
Nuestra imagen.
Nuestra reputación.
Nuestra historia.
Nuestra razón.
Nuestros recuerdos.
Nuestras heridas.
Nuestros éxitos.
Hasta nuestras propias ideas sobre quiénes somos.
Y cuando alguien amenaza esa construcción, sufrimos.
¿Por qué?
Porque sentimos que nos están atacando a nosotros.
Pero ¿y si solamente están tocando al personaje?
¿Quién sería yo si por un instante no necesitara defender ninguna imagen de mí mismo?
Si no tuviera que demostrar nada.
Si no tuviera que ganar.
Si no tuviera que tener razón.
Si no tuviera que ser fuerte.
Si no tuviera que ser alguien.
Tal vez entonces aparecería algo mucho más silencioso.
Algo que estaba allí antes de todos los personajes.
Y que seguirá allí cuando ellos se callen.
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VII. ¿Quién observa?
Puedo observar mis pensamientos.
Entonces no soy solamente mis pensamientos.
Puedo observar mi miedo.
Entonces no soy solamente mi miedo.
Puedo observar mi enojo.
Entonces no soy solamente mi enojo.
Puedo observar cómo cambia mi personalidad dependiendo de quién esté delante de mí.
Entonces tampoco soy completamente ninguno de esos personajes.
Hay algo que observa.
Algo que permanece detrás de todos ellos.
Y aquí aparece la pregunta que para mí resulta más misteriosa:
¿Quién es el que observa?
Quizás esa sea la conciencia.
No el personaje.
No el ego.
No la historia.
No el nombre.
No el cuerpo.
Sino aquello que puede contemplarlos a todos.
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VIII. La pineal y el tercer ojo
En distintas tradiciones, la glándula pineal ha sido asociada simbólicamente con una puerta hacia una percepción interior.
En la concepción de Cyclopea aparece la imagen de la pineal como una especie de antena o receptor, relacionada con el llamado tercer ojo.
No necesito convertir esa imagen en una afirmación científica para encontrar en ella una enorme potencia poética.
Porque la metáfora resulta extraordinaria.
Tenemos dos ojos para mirar hacia afuera.
Y un “tercer ojo” para mirar hacia adentro.
Los dos primeros observan el mundo.
El tercero observa al que está mirando.
Quizás esa sea la verdadera revolución de la conciencia:
dejar de mirar solamente aquello que aparece delante de nosotros y comenzar a mirar desde dónde estamos mirando.
No sé si la pineal es literalmente una antena cósmica.
Pero sí sé que la imagen expresa algo que la humanidad ha intuido durante siglos:
que dentro de nosotros podría existir una puerta hacia una percepción que no depende exclusivamente de los sentidos ordinarios.
Una puerta hacia el silencio.
Hacia la presencia.
Hacia una experiencia en la que el observador y lo observado parecen acercarse hasta casi desaparecer como entidades separadas.
───
IX. La conciencia como música
Entonces regreso a la metáfora de la radio.
Quizás nuestra conciencia individual sea una frecuencia.
Una forma particular en la que el universo se experimenta a sí mismo.
Cada uno de nosotros sería una radio diferente.
Una frecuencia.
Una perspectiva.
Una ventana.
Y quizás el ego sea aquello que ocurre cuando la radio cree que la música pertenece a la radio.
La radio dice:
“Esta música soy yo.”
Pero la música responde:
“Tú eres solamente el lugar donde, durante un instante, estoy siendo escuchada.”
Esto cambia completamente la idea de identidad.
No somos necesariamente algo separado que existe dentro de un universo.
Podríamos ser expresiones del universo.
El universo experimentándose desde millones de millones de puntos de vista.
Cada ser sería una perspectiva irrepetible.
Una nota.
Una vibración.
Un instante de conciencia.
───
X. La paradoja del presente
Pero entonces aparece una contradicción.
Yo digo:
“Solo existe el presente.”
Y al mismo tiempo hablo de una conciencia que podría pertenecer a una realidad que trasciende el tiempo.
¿Cómo pueden coexistir ambas cosas?
Quizás porque el presente no sea simplemente un instante que aparece entre pasado y futuro.
Quizás sea el único lugar donde la realidad puede ser experimentada.
El pasado existe como memoria.
El futuro existe como posibilidad.
Pero ambos aparecen ahora.
Nunca recuerdo ayer ayer.
Lo recuerdo ahora.
Nunca imagino mañana mañana.
Lo imagino ahora.
Toda experiencia ocurre en este misterioso punto que llamamos presente.
Tal vez el tiempo sea la manera en que una conciencia limitada recorre una realidad mucho más amplia.
Como alguien que escucha una sinfonía nota por nota.
Para quien escucha, la música sucede en el tiempo.
Pero la partitura completa puede contener una estructura que no depende de nuestro recorrido.
Nosotros escuchamos.
La totalidad simplemente es.
───
XI. La sinfonía
Quizás la realidad sea algo parecido a una inmensa sinfonía.
Nosotros escuchamos apenas una pequeña parte.
Una melodía que llamamos vida.
Nacimiento.
Infancia.
Amor.
Pérdida.
Deseo.
Dolor.
Encuentro.
Miedo.
Alegría.
Envejecimiento.
Y finalmente silencio.
Pero quizás confundimos el final de nuestra audición con el final de la música.
Cuando mi radio desaparezca, la señal no necesariamente habrá desaparecido.
Simplemente esa radio ya no podrá reproducirla.
Y aquí debo ser cuidadoso.
No sé qué ocurre después de la muerte.
Nadie puede hablar con certeza desde este lado.
Pero puedo formular una intuición.
Quizás morir no sea necesariamente que la música deje de existir.
Quizás sea que este instrumento deja de participar de ella de la manera en que lo hacía.
Y si alguna forma de conciencia permanece, quizá no continúe como el personaje que hoy llamo Pipo.
Porque Pipo es una historia.
Un nombre.
Una personalidad.
Una acumulación de recuerdos.
Un conjunto de liliputienses.
Quizás lo que podría permanecer no sea el personaje.
Quizás sea aquello que estaba observando al personaje.
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XII. Cuando los liliputienses se callan
Tal vez por eso las experiencias profundas de silencio resultan tan extrañas.
Durante unos instantes dejan de hablar los personajes.
No desaparecemos.
Pero dejamos de identificarnos completamente con ellos.
El pensamiento se aquieta.
La necesidad de defenderse disminuye.
La historia personal pierde volumen.
Y aparece algo difícil de explicar:
presencia.
No soy más importante.
No soy menos importante.
Simplemente estoy.
Y quizás ahí comienza a deshacerse la ilusión de separación.
No porque desaparezca el mundo.
Sino porque desaparece, aunque sea por un instante, la necesidad de estar enfrentado a él.
Ya no estoy yo contra el mundo.
Estoy en el mundo.
Y quizá después:
Estoy con el mundo.
Y finalmente:
Soy parte del mundo.
Y tal vez, en el límite de esa experiencia:
Nunca hubo un “yo” separado del mundo.
───
XIII. El regreso
Quizás despertar no consista en destruir el ego.
Porque intentar destruir al ego podría ser simplemente otro personaje creado por el ego.
Quizás consista en reconocerlo.
Ver aparecer al pequeño personaje y decir:
“Ahí está.”
Sin odiarlo.
Sin expulsarlo.
Sin creerle absolutamente todo.
Dejar que exista.
Pero recordar que no es el todo.
Que ese pequeño personaje es apenas una herramienta.
Una máscara.
Un actor.
Un liliputiense tratando de proteger un reino imaginario.
Y detrás de todos ellos permanece algo más silencioso.
Algo que no necesita defenderse.
Algo que no necesita tener razón.
Algo que simplemente observa.
───
XIV. La música sigue sonando
Y entonces regreso finalmente a aquella primera pregunta:
¿Quién soy?
Quizás nunca pueda responderla completamente.
Quizás porque el que busca una respuesta también forma parte del misterio.
Puedo decir que soy un cuerpo.
Y es verdad.
Puedo decir que soy una historia.
También es verdad.
Puedo decir que soy una personalidad.
También.
Puedo decir que soy un cerebro.
Probablemente también.
Pero quizás todo eso sea solamente la forma particular que ha adoptado algo mucho más profundo.
Una nota dentro de una música inmensa.
Una ventana por la que el universo se contempla.
Una radio que durante un breve tiempo logró escuchar una señal y preguntarse de dónde venía.
Y quizás la conciencia no sea una cosa que poseemos.
Quizás sea aquello que somos antes de convertirnos en cualquier cosa.
Entonces comprendo la imagen de los liliputienses.
No necesito expulsarlos.
Puedo escucharlos.
Puedo agradecerles incluso.
Me protegieron cuando creyeron que estaba solo.
Construyeron personajes para enfrentar un mundo que parecía separado.
Pero ahora puedo decirles:
Ya no necesitan gobernar.
Pueden descansar.
Porque quizás nunca estuvimos realmente solos.
Nunca estuvimos realmente separados.
Nunca fuimos solamente el personaje.
Somos la música que el personaje aprendió, durante un instante, a escuchar.
Y cuando la radio desaparezca…
cuando este cuerpo deje de recibir…
cuando esta voz se apague…
no sé qué habrá después.
Pero hay algo que sí puedo imaginar.
Que la sinfonía no necesita de mi radio para seguir siendo interpretada.
Que la música continúa.
Que otras radios la escuchan.
Que otras notas aparecen.
Que otras conciencias despiertan.
Y que quizá, en algún nivel que todavía no somos capaces de comprender,
todo está sonando al mismo tiempo.
Tal vez la vida sea eso:
el universo interpretándose a sí mismo.
Y nosotros, durante un instante irrepetible,
tenemos el privilegio de escuchar.
No somos la música.
No somos solamente la radio.
No somos tampoco los liliputienses que corren dentro de ella.
Somos aquello que, por un instante,
se dio cuenta de que estaba escuchando.
Y quizá despertar sea simplemente recordar
que la música nunca dejó de sonar.
Que nunca estuvo afuera.
Que nunca estuvimos separados.
Y que, detrás de todas nuestras caras,
detrás de todos nuestros nombres,
detrás de todos nuestros personajes,
siempre estuvo la misma conciencia escuchando.
Posdata — El dial interior
Quizás exista, finalmente, una pequeña libertad que no deberíamos olvidar: podemos elegir dónde sintonizar nuestra conciencia.
A veces permanecemos demasiado tiempo escuchando dentro de nosotros músicas hechas de miedo, culpa, resentimiento o tristeza, hasta confundirlas con nuestra propia voz.
Pero el observador puede despertar y reconocer:
“Esto está sonando en mí, pero no soy yo.”
Y entonces, suavemente, puede mover el dial.
No para negar el dolor, sino para no convertirlo en morada.
Porque también podemos elegir aquello que alimentamos con nuestra atención: pensamientos que nos aquietan, recuerdos que nos abrazan, vínculos que nos hacen crecer, miradas capaces de devolverle luz a la vida.
Quizás la felicidad no sea encontrar una existencia sin disonancias, sino aprender a no quedar atrapados en ellas.
Tal vez la libertad consista en eso:
saber que una nota puede atravesarnos sin definirnos,
que un pensamiento puede aparecer sin gobernarnos,
y que, aun en medio de la misma vida,
podemos cambiar la melodía que elegimos escuchar.
Hasta que, poco a poco, los liliputienses dejan de discutir, el ego afloja sus defensas y la sensación de separación se vuelve transparente.
Y queda solamente aquello que estaba antes de todas las voces:
el silencio que escucha.
Primicias Rurales
Ago 28, 2026 | Actualidad, Columnas, Desarrollo Humano
El dolor de Troya, el periplo de veinte años y la redención del héroe. Una mirada profunda sobre la culpa, el exilio y la memoria de los caídos a raíz de la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan.
Por Matilde Fierro
Editora de Primicias Rurales y autora de Los Héroes del Tiempo, una Historia de Malvinas
Buenos Aires, sábado 15 agosto (PR/26) — El eco de los bronces chocando en la llanura de Ilión todavía resuena con la crudeza del fuego y la sangre. Destruir Troya mediante una matanza desmedida no fue una gesta gloriosa para el héroe; fue el inicio de una condena silenciosa que quebró su alma.
Ulises (Odiseo) emprendió el retorno a Ítaca arrastrando el peso invisible de su arrepentimiento: la culpa por los hombres que partieron con ilusión desde sus hogares y que, uno a uno, quedaron sepultados bajo las olas, devorados por monstruos o consumidos por la soberbia de su propio líder.

Fueron veinte años de un viaje de purificación tan implacable como desgarrador, una travesía que resurge con fuerza en el debate cultural tras ver la reciente adaptación cinematográfica La Odisea, el ambicioso proyecto que Christopher Nolan comenzó a escribir en marzo de 2024, aseguró con Universal Pictures en octubre de ese mismo año y consolidó con el fichaje de Matt Damon en febrero de 2025.
Las aguas del Mediterráneo exigieron un peaje altísimo para redimir al hombre de armas. En su camino, Ulises debió sortear los peligros más temibles:
-
El furor de los ciclopes, donde la astucia rozó el abismo de la arrogancia.
-
Los cantos hipnóticos de las sirenas, que prometían verdades absolutas a cambio de la perdición.
-
Las trampas hechizadas de la maga Circe y los engaños de la ninfa Calipso, que intentaron congelar el tiempo en el olvido.
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El paso por el temible estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde la supervivencia exigió siempre el doloroso sacrificio de otros.
Cada obstáculo fue una prueba de fuego, un proceso de desgaste espiritual en el que el guerrero despiadado de Troya se fue despojando de su soberbia para dar paso al peregrino doliente.
Al fin, tras dos décadas de ausencia, el héroe pisó la tierra amada que lo aguardaba.


Allí, en el hogar, la espera paciente y fiel de su esposa Penélope y el valor de su hijo Telémaco sostuvieron los cimientos de un reino que amenazaba con derrumbarse. El reencuentro no fue el final de la historia, sino el umbral de una nueva necesidad urgente: sanar lo irreparable.
Porque la victoria en Ítaca no borraba el pasado.
Por ello, culminado el orden en su hogar, Ulises y Penélope tomaron una decisión fundamental que la épica tradicional suele silenciar, pero que la verdadera justicia del alma reclama: partieron juntos al exilio. Dejaron atrás la comodidad del trono restaurado para emprender un último viaje. Esta vez, el propósito no era la conquista ni la gloria, sino el deber sagrado de restaurar la tierra y rendir honores póstumos a cada uno de los hombres que cayeron en la guerra y en el mar.
En ese último éxodo junto a su fiel esposa, el héroe completó su círculo de expiación.

Comprendió, al fin, que ningún triunfo terrenal, ninguna corona ni ninguna muralla conquistada valen la pena si se construyen sobre el sufrimiento evitable y el olvido de los caídos.
Una lección atemporal que, casi tres mil años después, nos sigue recordando que la verdadera grandeza humana no reside en no cometer errores, sino en la valentía de asumir la culpa, buscar el perdón y honrar la memoria de los que ya no están.
Y hoy qué ocurre
En la Literatura moderna como en Crimen y Castigo, de Fiodor Dovstoieski, la purificación (La redención por el sufrimiento): La purificación del protagonista no ocurre mediante un ritual físico (como el azufre de Odiseo). Sucede a través del amor incondicional de Sonia, la aceptación del sufrimiento y la lectura de los Evangelios en Siberia. Es una regeneración espiritual y psicológica lenta.
En la literatura del siglo XX y XXI (especialmente la literatura de guerra, como Las cosas que llevaban de Tim O’Brien), el mandato es el deber militar.
-
- El soldado mata por obediencia al Estado.
- El arrepentimiento y la purificación ya no se tratan en templos, sino en la literatura médica y de ficción como un trauma psicológico severo. El héroe moderno destruye su propia psique al obedecer el mandato de la violencia y la tiene que reconstruir al igual que reencontrarse con su espiritualidad para salir adelante.
La crítica cinematográfica
Respecto de la película Odisea de Nolan, Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine, escribió lo siguiente:
No todas las superproducciones logran sostener la misma intensidad durante todo su metraje. Odisea es la prueba de ello: una película técnicamente brillante, con una dirección de altísimo nivel, una dirección de arte deslumbrante y un elenco que entrega actuaciones sólidas y convincentes, pero cuyas casi tres horas de duración terminan jugándole en contra.

Desde el arranque se percibe el cuidado puesto en cada detalle. La puesta en escena es prolija, la fotografía acompaña el relato con elegancia y la reconstrucción de ambientes es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del film. La dirección consigue escenas de fuerte impacto visual y exhibe un manejo narrativo que pocas películas actuales logran igualar.
El trabajo actoral de los protagonistas también se destaca. Cada personaje resulta creíble y con profundidad, sosteniendo el interés del espectador incluso en los tramos donde el ritmo empieza a aflojar.
El gran problema de Odisea, sin embargo, está en su desarrollo. Conforme avanza la trama, aparecen pasajes innecesariamente extensos que le restan agilidad al relato. Hay secuencias que bien podrían haberse sintetizado sin perder nada de la esencia de la historia, y que terminan generando una sensación de pesadez. Las tres horas de película se sienten, en definitiva, más largas de lo que deberían.
Esto no quiere decir que sea una mala película. Todo lo contrario: tiene méritos de sobra como para recomendarla, en especial a los amantes del cine épico y de gran despliegue visual. Pero también le pide paciencia al espectador, algo que no todos van a estar dispuestos a dar.

En resumen, Odisea es una obra que impresiona por su factura técnica y artística, aunque pierde fuerza por un ritmo desparejo y una duración que atenta contra la experiencia en sala.
Puntaje final: 6/10.
Una película visualmente extraordinaria y de una factura técnica impecable, pero cuyo metraje excesivo le resta impacto emocional y narrativo. Para quienes priorizan el espectáculo cinematográfico por sobre el ritmo, será una experiencia recomendable; para el público general, probablemente se sienta más larga de lo deseado.
Reflexión
Por RC «Pipo» Martínez
Hay un aspecto del artículo que me parece particularmente interesante: la comparación entre el estado emocional del guerrero de la Antigüedad y el del soldado contemporáneo.
Creo que hoy tenemos una paradoja. Hemos avanzado enormemente en la comprensión y el tratamiento de los trastornos psicológicos derivados de la guerra, pero quizá hemos perdido parte del lenguaje con el que antiguamente se intentaba darle un significado al sufrimiento del guerrero.
El soldado moderno puede volver con estrés postraumático, culpa, angustia, depresión, recuerdos que no puede borrar y preguntas para las cuales no encuentra respuesta. Y muchas veces intentamos resolver todo eso exclusivamente desde una perspectiva clínica. La psicología y la psiquiatría son fundamentales, por supuesto, pero hay heridas de la guerra que también son morales, existenciales y espirituales.
Odiseo no solamente tenía que curarse de lo que había vivido. Tenía que regresar. Tenía que reconstruir su identidad y recuperar su lugar en el mundo después de haber pasado años entre la muerte, la violencia y la pérdida.
Y nosotros tenemos un ejemplo cercano y doloroso: Malvinas.
Muchos de nuestros soldados volvieron de Malvinas siendo muy jóvenes. Volvieron de una guerra que para ellos no terminó necesariamente el día en que dejaron las islas. Durante años, muchos tuvieron que convivir con recuerdos, pérdidas, culpa, silencios y con la dificultad de encontrar un lugar dentro de una sociedad que tampoco sabía muy bien cómo recibirlos.
Y hay algo todavía más profundo: durante mucho tiempo existió una especie de silencio alrededor de Malvinas. Como si hablar de la guerra fuera incómodo, como si reconocer el sufrimiento de los combatientes implicara necesariamente discutir la decisión política que llevó a la guerra.
Pero una cosa no debería confundirse con la otra.
Se puede cuestionar profundamente la decisión política y, al mismo tiempo, honrar y acompañar al soldado que fue enviado a combatir.
Porque una sociedad que envía a sus jóvenes a una guerra tiene una responsabilidad moral con ellos cuando regresan.
Y aquí vuelvo a Homero.
El soldado no solamente necesita volver físicamente. Necesita encontrar nuevamente un lugar en su comunidad, reconstruir vínculos, recuperar una identidad y, muchas veces, reconciliarse con aquello que vio e hizo.
Tal vez por eso La Odisea sigue siendo tan actual. No porque debamos convertir a Odiseo en un personaje contemporáneo, sino porque nosotros seguimos siendo seres humanos enfrentados a problemas que Homero ya había comprendido.
El soldado de Malvinas, como el soldado de Troya, regresó de un mundo donde las reglas de la vida cotidiana habían quedado suspendidas. La diferencia es que Odiseo tenía un relato que le permitía comprender su regreso. Nosotros, en cambio, muchas veces les dijimos a nuestros combatientes simplemente que trataran de olvidar.
Y una guerra no se olvida.
Quizás se aprende a convivir con ella.
Por eso creo que el verdadero desafío no es solamente tratar el trauma del soldado, sino ayudarlo a reconstruir el significado de su experiencia.
Una sociedad que le exige a un hombre que mate en su nombre tiene también la obligación moral de acompañarlo cuando ese hombre vuelve a casa con sus muertos dentro de él.
Y quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía podemos encontrar en Homero: que ganar o perder una guerra no es el final de la historia. La verdadera batalla puede comenzar cuando el soldado intenta volver a casa.
La razón personal: la interpelación
Hay, además, una razón profundamente personal por la que este tema me interpela.
Mi hermano y yo fuimos muy unidos. Elegimos la misma profesión, compartimos amigos, experiencias, vuelos y buena parte de nuestra vida. Después de Malvinas seguimos volando juntos. Teníamos ideas y gustos muy parecidos y, físicamente, éramos tan similares que muchas veces nos confundían.
Él estuvo en Malvinas. Yo no fui porque en ese momento todavía no tenía la capacidad necesaria para ser enviado. Sin embargo, la guerra formó parte de nuestras vidas y de nuestra generación.
Y hay algo que hoy, después de su muerte, me hace pensar mucho.
Yo creía conocer profundamente a mi hermano. Y probablemente lo conocía. Pero nunca llegué a saber realmente qué había ocurrido dentro de él después de la guerra.
Siempre fue el fuerte, el que parecía haberlo superado todo. Nunca fue alguien que mostrara fácilmente sus conflictos interiores. Por eso hoy me pregunto si realmente había elaborado aquella experiencia o si simplemente había aprendido a convivir con ella.
No tengo la respuesta.
Y creo que nadie puede tenerla.
En los últimos tiempos de su vida, sin embargo, observé en él algo que antes no había visto con tanta claridad: una búsqueda más interior, incluso espiritual, a pesar de que siempre se había considerado agnóstico.
No sé si aquella búsqueda tenía alguna relación con su historia, con la proximidad de la muerte, con la enfermedad o simplemente con la evolución natural de una persona que, al llegar a determinada etapa de la vida, comienza a hacerse preguntas diferentes.
No puedo saberlo.
Y justamente esa imposibilidad de saber es parte de mi reflexión.
Porque cuando hablamos de los efectos de una guerra sobre un ser humano, debemos ser muy cuidadosos. No podemos afirmar que una enfermedad, una adicción, una depresión o cualquier otra circunstancia que aparezca décadas después sea necesariamente consecuencia de aquella experiencia.
Sería una afirmación médica que no podemos demostrar.
Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario y pensar que, porque no podemos demostrar una relación causal, la experiencia de la guerra necesariamente quedó atrás.
Entre afirmar y negar existe un territorio enorme: el territorio de lo que no sabemos.
Y allí están las historias de tantos hombres que conocimos.
Algunos enfermaron muchos años después. Otros encontraron refugio en el alcohol. Otros tuvieron problemas familiares o personales. Otros aparentemente continuaron con una vida normal. Algunos hablaron de Malvinas durante toda su vida; otros casi nunca hablaron.
No sabemos qué parte de esas historias pertenece a la guerra y qué parte pertenece simplemente a la vida.
Pero tampoco podemos saber qué ocurrió en el interior de cada uno.
Eso es lo que me lleva nuevamente a Odiseo.
Porque quizá la grandeza de La Odisea no está solamente en las aventuras que vive su protagonista, sino en la idea de que el regreso es un proceso.
Uno puede volver físicamente de una guerra y, sin embargo, tardar años —o toda una vida— en encontrar nuevamente un lugar dentro de sí mismo.
Mi hermano murió hace algunos años. Y todavía hoy, cuando estoy haciendo algo que considero importante, muchas veces me descubro preguntándome qué pensaría él.
Estoy desarrollando un proyecto que, curiosamente, guarda cierta semejanza con algo que él había comenzado a hacer cuando ya estaba retirado. Y aunque él no llegó a conocer lo que estoy haciendo ahora, muchas veces me pregunto si lo aprobaría, si estaría de acuerdo, si se sentiría orgulloso.
Yo quiero creer que sí.
Quiero pensar que estaría contento de verme seguir adelante y que, de alguna manera, compartiría conmigo este momento.
Quizás esa sea también una forma de regreso.
Porque los que ya no están siguen formando parte de nuestra vida. Seguimos conversando con ellos en silencio, consultándolos en nuestra conciencia, imaginando qué nos dirían frente a una decisión.
Y en mi caso, mi hermano sigue siendo de algún modo ese compañero de vuelo, de profesión, de ideas y de vida que fue durante tantos años.
No sé qué guerra interior libró después de Malvinas.
No sé si la superó, si la transformó o simplemente aprendió a vivir con ella.
No sé si su búsqueda interior de los últimos años tuvo algo que ver con todo aquello.
Y no necesito inventar una respuesta.
Tal vez sea precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a mirar de otra manera a quienes regresan de una guerra.
A escucharlos.
A acompañarlos.
A no suponer que porque sonríen están bien, ni que porque nunca hablan han olvidado.
Porque una guerra puede dejar consecuencias visibles, pero también puede dejar preguntas que nadie más puede ver.
Y quizás, después de tantos años, la verdadera enseñanza de Odiseo siga siendo esa:
volver a casa no significa solamente sobrevivir y regresar al lugar de donde partimos. Significa intentar recuperar quiénes éramos después de haber conocido aquello que nos cambió para siempre.
Eso es lo que todavía me pregunto cuando pienso en mi hermano.
Y quizá nunca tenga la respuesta.
Primicias Rurales
Fuentes: Varias
Jul 10, 2026 | Espiritualidad
La vida trae alegrías y también tristezas profundas. Por eso, cuando el dolor te desborde, hay cuatro sitios seguros donde Jesús te espera con los brazos abiertos.
Buenos Aires viernes 10 julio(PR/26)–Nadie es feliz todo el tiempo. Hay días de alegría plena y otros de un malestar que parece no tener fin.Por eso, cuando sientas que la tristeza te supera, recuerda algo importante: puedes encontrarte con Jesús en cuatro lugares seguros, siempre dispuestos a recibirte.
En la Eucaristía, el encuentro más profundo
No existe un lugar más privilegiado que la santa Misa para vivir un encuentro íntimo con Jesús.
Allí, el Señor se hace presente en cuerpo y alma para entregarse como alimento. Nada en este mundo puede llenarnos tanto como Él.

Por eso conviene acudir con frecuencia, tal como recuerda la secuencia de Corpus: “Su Sangre es nuestra bebida; su Carne, nuestro alimento; pero en el Pan o en el Vino Cristo está todo completo”.
Frente al sagrario, en silencio y compañía
La visita más consoladora que puedes hacer es entrar a cualquier iglesia y sentarte frente al sagrario.
Allí te espera Jesús sacramentado —a veces completamente solo— con un amor infinito. Ese momento de intimidad para contarle tus penas no tiene precio.

No lo pienses dos veces: cuando pases frente a un templo, entra, salúdalo como a un amigo y déjate ver. No hacen falta palabras, porque como dice el Evangelio: “Su Padre sabe lo que les hace falta antes de que lo pidan” (Mt 6, 8).
En la oración, sin importar dónde estés
Si necesitas desahogarte, incluso llorar, puedes hablar con Jesús en cualquier lugar.
Tus palabras nunca caen en el vacío: Él siempre escucha y responde de maneras sorprendentes. Tu corazón encontrará alivio porque tu Padre está atento a lo que te falta.
La carta de Santiago lo resume con un consejo simple pero poderoso: “¿Está sufriendo alguno de ustedes? Rece” (Stg 5, 13).
En su Palabra, la voz que consuela
Y si quieres escuchar la voz de Dios, abre la Biblia.
No hay nada más reconfortante que hallar allí la respuesta a tus preguntas: la Sagrada Escritura contiene los mensajes que necesitas para entender que no estás solo.

Jesús te ama y se hará cargo de tu dolor, tal como promete en el Evangelio: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).
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Fuente: aleteia.org