Manto de neblina mileísta sobre Malvinas

Manto de neblina mileísta sobre Malvinas

Islas Malvinas | CEDOC

Entre sanciones, obras paralizadas y empresas con negocios cruzados en las islas, la ofensiva libertaria por Malvinas muestra más gesto que sustancia. El análisis político detalla los límites, contradicciones y gestos superficiales de la reciente ofensiva del gobierno de Javier Milei sobre la cuestión Malvinas. 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, lunes 14 septiembre (PR/26) — Con el paso de los días, los rimbombantes anuncios por cadena nacional de Javier Milei sobre la nueva política de su gestión sobre la cuestión Malvinas empezaron a desnudar muchas de sus limitaciones.

La súbita “malvinización” libertaria, ideada por el resucitado asesor Santiago Caputo, obtuvo rindes políticos y comunicacionales rápidos. El Gobierno impuso en la agenda un tema que impacta como pocos y que hasta le generaba algún demérito.

Lo que generó el triunfo ante Inglaterra en el Mundial y la bandera reivindicativa sobre la soberanía argentina de las islas (que los jugadores tomaron de los hinchas pese a los avisos represores previos de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva) activaron una señal de alerta para además dejar atrás el archivo de Milei sobre su admiración a Margaret Thatcher.

Pero la gran oportunidad la propició, una vez más, Donald Trump. En su tensión con Gran Bretaña por su nulo apoyo en la guerra con Irán y su resistencia a aportar mayores fondos a la OTAN, al presidente de EE.UU. se le ocurrió que una buena manera de presionar era admitir que la tradicional postura de respaldo a Londres en el conflicto por Malvinas podía ser objeto de revisión. (ver: https://www.instagram.com/reels/DdNTu4SAsbh/)
En las últimas horas, durante una visita a Irlanda, volvió a repetir que podría intervenir en el diferendo. La gran Trump.

Con esas gotas, Milei y Caputo se tiraron a la pileta. Sanciones para las empresas que formen parte de la exploración y explotación petrolera en los alrededores malvinenses, acelerar la reconstrucción de la base naval en Ushuaia y la formación de un Consejo de Seguridad Nacional, otro viejo anhelo del asesor.

Como un rayo, se reasignaron partidas para reforzar el presupuesto de la SIDE (bajo el control de Caputo, casualmente) y de Defensa, sin que quede en claro qué áreas del Estado perdieron recursos.

Se anticipó también que se iban a armar proyectos de ley para sostener esta ofensiva, en el que están trabajando la Secretaría de Legal y Técnica (con la caputista María Ibarzábal Murphy al frente), Cancillería y Defensa.

La puesta en marcha de este andamiaje incluyó una llamativa reacción empresaria. El propio Gobierno se encargó de propalar que tres de las principales compañías globales de servicios petroleros no iban a trabajar en Malvinas, como sí lo hacen en Vaca Muerta.

Fuentes del ámbito energético confiaron que ninguna de esas tres firmas tenía previsto involucrarse en el posible negocio malvinero, al igual que las grandes petroleras, por los riesgos que tiene para cualquier gran inversión un espacio en disputa internacional. Mucho antes del inesperado nacionalismo de Milei.

Esas mismas fuentes señalaron que para que tres empresas informaran que no iban a tener actividad en un lugar donde no proyectaban hacerlo se recurrió a los buenos oficios de algunos directivos y empresarios argentinos del negocio petrolero. Tal sería el caso de Horacio Marín, presidente y CEO de YPF.

Marín, además, debió recurrir a sus saberes tenísticos de antaño para resistir con consistencia el dato de que una empresa neerlandesa que participa en el megaproyecto para llevar gas de Vaca Muerta a la futura terminal marítima rionegrina de Punta Colorada, que lidera YPF asociada a otras firmas, participa como proveedor en Malvinas.

Esta compañía, llamada Bluewater, aún no fue denunciada por el Gobierno, como sí lo fueron cerca de medio centenar de firmas. Tampoco fue observada la británica Harbour Energy, a la que YPF sumó en la sociedad para el plan de gas licuado Argentina LNG, y había absorbido a una petrolera ya sancionada años atrás por operar en Malvinas.

Este tipo de episodios reflejan tanto el muñequeo estatal ante los intereses del sector privado como las dificultades para desatar los enmarañados nudos societarios en el ancho mundo de los mercados internacionales.

Con la misma lógica de mirar para otro lado, horas antes de la cadena nacional, Milei prescindió de cualquier consulta o queja en la cumbre con su colega de Chile, José Antonio Kast. El día previo, en Santiago, se informaba que una compañía naviera chilena cerró un acuerdo para llevar provisiones de Punta Arenas a Puerto Argentino, en las islas, de manera directa y regular.

La campaña “malvinizadora” continuó esta semana y tuvo pico de acciones el viernes 11. Ese día, el ministro de Defensa, Carlos Presti, y el canciller Pablo Quirno viajaron a Tierra del Fuego a verificar las obras que deben hacerse para actualizar la base naval. Las obras están avanzadas apenas un 10% y se hallaban paralizadas por la motosierra mileísta.

Fuentes oficiales revelan que los 142 millones de dólares reasignados a Presti para acelerar la construcción de la base serán insuficientes. Administrativos del Ministerio están viendo qué magia pueden hacer para que Carlos Guberman, el secretario de Hacienda de Luis “Toto” Caputo, les acepte cambiar los números del área en el Presupuesto 2027. Ni hablar de la asistencia a la casi quebrada obra social de las Fuerzas Armadas, de la que al parecer salió indemne el exministro Luis Petri.

El viernes mismo se dejó trascender que Milei finalmente desactivaba su posible viaje a Gran Bretaña de octubre, aunque en el Ministerio de Relaciones Exteriores nunca hubo precisiones sobre si iba a ir a Oxford, una nueva ronda de Argentina Week en Londres o qué. Otro anuncio de que se deja de hacer algo que nadie sabe si se iba a hacer.

La Cancillería suma más aportes a la confusión general. También el viernes, lanzó el Sistema de Articulación de Política Exterior para coordinar todas estas nuevas decisiones oficiales sobre Malvinas. Estarán bajo la órbita de la Secretaría de Malvinas, encabezada por Paola Di Chiaro.

Fuentes diplomáticas le reconocen a Di Chiaro, politóloga especializada en seguridad y relaciones internacionales, sus dotes para sobrevivir. Designada en la gestión de Diana Mondino, subsistió a su salida, a las llegadas de Gerardo Werthein y Quirno y a la influencia en el ministerio de la hermanísima Karina.

Según relatan en los pasillos de la Cancillería, ese don de permanencia de Di Chiaro obedecería más al desinterés que tenía para el Gobierno la problemática de Malvinas que a su capacidad. Lenguas viperinas.

Amén de las maldades, los focos sobre la secretaria –y ahora coordinadora– Di Chiaro acaso le hagan perder ciertos beneficios que tiene andar por debajo del radar. Junto a su padrino político, el macrista Fulvio Pompeo, la funcionaria lidera la fundación Argentina Global, que promueve becas para futuros líderes financiadas por el gobierno británico, a través de su embajada en Buenos Aires. ¿Con el cambio de viento será desplazada?

Límites, peligros y contradicciones de decisiones políticas apuradas, para desplazar en la noble causa Malvinas un manto de neblina movilizador por nubes de humo oportunistas. Otro clásico de la dirigencia argentina.

 

Primicias Rurales
Fuente: Perfil
Malvinas: la grieta, el nuevo sheriff y el riesgo de cambiar de dueño

Malvinas: la grieta, el nuevo sheriff y el riesgo de cambiar de dueño

Trump, Milei, Londres y Washington volvieron a poner a las Malvinas en el centro de una disputa geopolítica mayor. La oportunidad argentina es enorme, pero también el riesgo de que las islas simplemente cambien de dueño.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Cátedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Buenos Aires, miércoles 9 septiembre (PR/26) — La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política. Hace algunas semanas, después de aquella bandera de “Las Malvinas son argentinas” que terminó desplegada por la Selección casi por accidente, escribí una frase de la que estaba bastante convencido:

La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política.

Después de la cadena nacional de Javier Milei, y sobre todo después de conocer lo ocurrido en Washington durante los meses anteriores, debo ponerle por lo menos un signo de interrogación.

No porque las Malvinas estén hoy más cerca de ser argentinas. No porque Donald Trump se haya convertido repentinamente en un estudioso de nuestros títulos históricos. Mucho menos porque Estados Unidos haya reconocido nuestra soberanía.

Nada de eso ocurrió. Pero ocurrió algo.

Y en política internacional, cuando durante cuarenta y cuatro años prácticamente no ocurre nada, que ocurra algo ya merece nuestra atención.

Lo primero que debemos reconocer es que ese algo no nació en Buenos Aires. Nació en Washington.

El mérito de Javier Milei fue verlo, entenderlo y decidir subirse a una oportunidad que no había creado.

La pregunta es si estamos frente a una jugada electoral brillante, al comienzo de un giro diplomático real o, quizás, frente a las dos cosas.

Y existe una tercera posibilidad bastante más inquietante: que Malvinas haya dejado de ser solamente una discusión entre Argentina y Gran Bretaña y esté empezando a convertirse en una pieza de una estrategia norteamericana mucho mayor.

Trump no improvisó Malvinas

 

Hasta hace pocos días podía suponerse que Donald Trump había utilizado Malvinas como una ocurrencia para castigar verbalmente a Londres.

Ahora sabemos que la historia empezó antes. En abril, Reuters reveló la existencia de un correo interno del Pentágono en el que se evaluaban posibles represalias contra aliados de la OTAN que, según Washington, no habían acompañado suficientemente a Estados Unidos durante la guerra con Irán.

Entre esas opciones aparecía algo extraordinario: revisar la posición norteamericana sobre el reclamo británico en las Falklands/Malvinas.

Es decir, Malvinas ya estaba en una mesa de análisis de la administración Trump meses antes de convertirse en una declaración presidencial.

Eso cambia bastante las cosas. No demuestra que Estados Unidos haya decidido apoyar la soberanía argentina. Tampoco prueba la existencia de un plan acabado para desplazar al Reino Unido del Atlántico Sur. Pero sí demuestra que la cuestión dejó de ser invisible para Washington.

Trump no inventó la posibilidad frente a un micrófono. La posibilidad ya circulaba dentro de su aparato de defensa. Y esta semana la hizo pública.

Por eso la grieta es más seria de lo que parecía, aunque todavía siga siendo apenas una grieta.

 

Trump no se hizo argentino

 

Conviene evitar nuestra tradicional tentación de enamorarnos de nosotros mismos.

Trump no descubrió que Argentina tiene razón. Descubrió que Malvinas podía servirle.

Estados Unidos está disgustado con Gran Bretaña y con una Europa a la que considera cada vez menos dispuesta a acompañarlo cuando Washington exige algo más que declaraciones. La guerra con Irán dejó expuesta esa diferencia.

Estados Unidos pidió compromiso. Europa pidió prudencia. Washington quería aliados dispuestos a pagar costos. Encontró muchos espectadores.

Cuando Trump fue interrogado sobre qué haría Estados Unidos ante una futura controversia por Malvinas, no garantizó automáticamente el respaldo a Gran Bretaña y confirmó que la posición norteamericana estaba siendo revisada.

Eso es mucho y es poco al mismo tiempo. Es poco porque Washington no reconoció nuestra soberanía. Es mucho porque durante cuarenta y cuatro años el principal activo estratégico británico en el Atlántico Sur no estuvo solamente en las islas. Estuvo en Washington.

No cambió todavía la política norteamericana. Pero apareció incertidumbre. Y en geopolítica la incertidumbre también cotiza.

 

El nuevo sheriff y la vieja Europa

 

Hay además una sintonía ideológica que no deberíamos ignorar.

Cuando Milei describe al Reino Unido como una potencia en decadencia no está utilizando solamente un argumento argentino contra el ocupante de Malvinas. Está hablando el mismo idioma político con el que la administración Trump viene describiendo a Europa.

En febrero de 2025, el vicepresidente J. D. Vance llegó a la Conferencia de Seguridad de Múnich y, delante de los propios dirigentes europeos, cuestionó sus democracias, sus políticas migratorias, su concepción de la libertad de expresión y su capacidad para hacerse cargo de su propia defensa.

Y resumió el cambio de época con una frase de western: “En Washington hay un nuevo sheriff en la ciudad”. No fue una ocurrencia simpática. Fue un aviso.

Estados Unidos ya no consideraba que la arquitectura transatlántica construida después de 1945 implicara obligaciones automáticas e ilimitadas. Europa debía pagar más por su defensa. Debía acompañar. Debía demostrar utilidad estratégica.

La guerra con Irán convirtió aquella advertencia en una factura. Y, de una manera que pocos hubiéramos imaginado, Malvinas terminó dentro de ella.

Milei comparte esa lectura. Su caracterización de un Reino Unido viejo y declinante frente a una Argentina que pretende convertirse en socio privilegiado del nuevo poder norteamericano no es solamente retórica malvinera. Es una toma de partido.

Milei eligió de qué lado del Atlántico quiere pararse.

 

¿El Escudo de las Américas también llega al Atlántico Sur?

 

Y aquí aparece una segunda pieza. En marzo de este año Trump reunió en Miami la primera cumbre del llamado Shield of the Americas, el Escudo de las Américas.

Argentina estuvo allí. Chile también.

El documento argentino sobre aquella reunión habló de una coalición destinada, entre otras cosas, a frenar la “interferencia extranjera en nuestro hemisferio”.

No estamos todavía frente a una OTAN americana. No existe, por lo menos públicamente, un equivalente del artículo 5, una obligación automática de defensa colectiva ni un comando militar integrado que permita afirmarlo.

Pero sí parece estar naciendo una arquitectura política y estratégica hemisférica.

Y si Washington vuelve a mirar al continente con la vieja lógica de las áreas de influencia, Argentina y Chile dejan de ser países periféricos. Son los dos países que abrazan el extremo austral de América. Entre ambos está el paso hacia la Antártida.

 

 

 

Del lado argentino está el Atlántico Sur. Y enfrente están las Malvinas.

Entonces las piezas empiezan a conectarse: Trump. La ruptura con parte de Europa. El enojo con Londres. El Pentágono. El Escudo de las Américas. Argentina. Chile. China. La Antártida. Las rutas marítimas. Y Malvinas.

No afirmo que exista un plan secreto que una automáticamente todos esos puntos. Sería periodísticamente irresponsable.

Digo algo distinto: los acontecimientos empiezan a mostrar una coherencia estratégica que sería igualmente irresponsable ignorar.

 

Milei vio la ventana

 

Tengo profundas diferencias con Javier Milei. Las escribo todas las semanas. Precisamente por eso no voy a negarle un acierto cuando lo tiene.

Milei vio la ventana. Y actuó.

Anunció medidas contra las empresas vinculadas a la explotación de hidrocarburos en el área de Malvinas, endureció el discurso frente al desarrollo de Sea Lion, prometió acelerar la Base Naval Integrada de Ushuaia y presentó todo aquello como el comienzo de una política más agresiva de defensa de nuestros intereses en el Atlántico Sur.

Una cosa es decir “Las Malvinas son argentinas”. Otra muy diferente es preguntarse: ¿Qué podemos hacer para que mantener la situación actual sea más caro?

La primera es una declaración. La segunda empieza a parecerse a una política.

 

La paradoja: Milei descubre a Cristina

 

Pero aquí aparece una deliciosa paradoja argentina. Buena parte de lo que Milei presentó como endurecimiento no nació con Milei.

El decreto publicado después de su discurso se apoya expresamente en la Ley 26.659, sancionada durante el kirchnerismo, y en el régimen que fue construido durante aquellos años para perseguir administrativamente la exploración y explotación de hidrocarburos en Malvinas sin autorización argentina.

El nuevo decreto designa a Cancillería como autoridad de aplicación, obliga a los organismos nacionales a informar posibles infracciones y establece procedimientos y plazos más rápidos para investigar y sancionar.

Es decir: Milei no destruyó la política anterior. La desempolvó, la aceleró y decidió utilizarla.

No lo digo como crítica. Todo lo contrario. Quizás estemos viendo, por una vez, aquello que tantas veces reclamamos y casi nunca hacemos: una política de Estado.

El presidente que construyó buena parte de su identidad política prometiendo terminar para siempre con el kirchnerismo terminó descubriendo que, para enfrentar a Gran Bretaña, algunas herramientas creadas durante los gobiernos kirchneristas podían ser útiles.

La grieta tiene estas ironías. Y quizás la madurez consista precisamente en eso: que un gobierno sea capaz de utilizar una buena herramienta

creada por el adversario sin sentir que por hacerlo se convierte en el adversario.

 

El petróleo cambió todo

 

El verdadero reloj no está corriendo en Washington. Está debajo del Atlántico. Sea Lion. Pesca, hidrocarburos, posición estratégica, proyección antártica.

Las Malvinas dejaron hace tiempo de ser una simple reliquia colonial. Son un activo.

Reuters informa que Sea Lion contiene recursos estimados en alrededor de 1.700 millones de barriles y que sus operadores, pese a las nuevas medidas argentinas, sostienen por ahora que el cronograma del proyecto no cambia.

Ese último dato es importante. Nos obliga a medir la eficacia real y no la eficacia discursiva.

Las sanciones argentinas pueden aumentar el riesgo jurídico, financiero, asegurador y comercial para quienes participen. Pero no han detenido el proyecto. Todavía.

Por eso Argentina no debería limitarse a sancionar a quien perfora. Tiene que conseguir que financistas, aseguradoras, proveedores, transportistas, inversores y eventualmente compradores tengan que calcular cuánto cuesta participar de una explotación que nuestro país considera ilegal.

Eso sería transformar soberanía en política económica.

Y también nos obliga a aceptar una realidad incómoda: cada barril que salga de allí no será solamente petróleo. Será tiempo comprado por los británicos. Y tiempo perdido por nosotros.

 

La base que todavía no existe

 

La Base Naval Integrada de Ushuaia merece un análisis bastante menos romántico.

En términos estratégicos tiene sentido. Si Argentina se define como país bicontinental, pretende proyectarse sobre la Antártida y reclama un papel central en el Atlántico Sur, resulta absurdo que Malvinas sea solamente una carpeta de Cancillería.

Necesitamos presencia marítima, logística, científica, pesquera, antártica, naval y comercial. Hasta allí, ninguna objeción.

El problema empieza cuando abandonamos el PowerPoint y preguntamos cuánto cuesta. Una base naval no se construye con soberanía declamada. Se construye con dinero. Y el Estado argentino atraviesa una restricción fiscal severa.

La recaudación de agosto creció 33,5% nominal interanual, pero algunos componentes directamente vinculados con consumo, actividad y empleo mostraron una dinámica bastante menos exuberante frente a la inflación.

Al mismo tiempo, el Gobierno continúa haciendo del equilibrio fiscal el centro de toda su política económica.

Entonces la pregunta no es si una base naval en Ushuaia sería conveniente. La pregunta es si existe presupuesto, cronograma, financiamiento, capacidad militar concreta y decisión de sostener durante años una obra multimillonaria.

Hasta que esas respuestas aparezcan, la base tiene algo de bengala. Se dispara. Ilumina todo el cielo. Produce una imagen extraordinaria.

El problema es descubrir qué queda cuando se apaga.

 

El golpe electoral

 

Naturalmente que existe política electoral. Milei no descubrió Malvinas en un monasterio. Está haciendo política.

Y encontró probablemente uno de los pocos asuntos capaces de hablar simultáneamente con un libertario, un peronista, un radical, un militar, un excombatiente y alguien que no quiere saber absolutamente nada con ninguno de ellos.

Malvinas sigue siendo uno de los escasísimos lugares emocionales comunes de la Argentina. Utilizarlo electoralmente puede resultar cuestionable.

Pero existe una diferencia entre utilizar electoralmente una política correcta y fabricar una política incorrecta exclusivamente para ganar una elección.

La prueba será sencilla. Si después de la cadena nacional aparecen diplomáticos, abogados internacionales, economistas, Defensa, Cancillería, Tierra del Fuego, presupuesto, legislación y una estrategia de veinte años, había una política.

Si aparecen solamente encuestas, spots y discursos, había una elección.

 

El peligro de enamorarnos de Trump

 

Los argentinos ya cometimos una vez un error parecido. Fue en 1982.

La dictadura creyó que su relación con Washington, su anticomunismo y su colaboración con la estrategia norteamericana en América Latina impedirían que Estados Unidos terminara alineándose con Gran Bretaña.

Sabemos cómo terminó.

Por eso sería imperdonable repetir, aunque ahora sea diplomáticamente, aquella fantasía.

Estados Unidos no se convirtió en nuestro aliado contra Gran Bretaña. Washington está utilizando la cuestión Malvinas dentro de una discusión mucho más amplia con Londres y Europa.

La diferencia parece pequeña. Es gigantesca.

Pero existe una segunda verdad. Que Trump quiera utilizarnos no significa que nosotros no podamos utilizar la oportunidad que Trump abrió.

Bienvenidos a la política internacional adulta. Los países no tienen amigos eternos. Tienen intereses.

La oportunidad y el precio

 

La apuesta de Milei puede ser extraordinariamente inteligente. Insertar la reivindicación argentina dentro de una reorganización hemisférica liderada por Estados Unidos puede alterar una ecuación que durante cuatro décadas permaneció congelada.

Pero toda alianza con una gran potencia tiene una pregunta que generalmente los países pequeños olvidan formular:

¿Qué quiere a cambio?

Estados Unidos mira hacia el sur y no ve solamente una bandera argentina. Ve China. Ve la Antártida. Ve rutas marítimas. Ve minerales. Ve hidrocarburos. Ve comunicaciones. Ve bases. Ve un corredor estratégico que dentro de veinte años probablemente valga bastante más que hoy.

Y ve, además, un archipiélago administrado por una potencia europea en un hemisferio sobre el cual Washington vuelve a utilizar un lenguaje que creíamos archivado con la Doctrina Monroe.

Por eso la oportunidad es enorme. Y el riesgo también.

El verdadero problema somos nosotros

 

Gran Bretaña tiene una ventaja formidable sobre Argentina. No son solamente sus submarinos. No son sus aviones. Ni siquiera es la OTAN.

Es el tiempo.

Londres sabe esperar. Nosotros cambiamos de estrategia cada cuatro años.

Un gobierno seduce a los isleños. El siguiente los ignora. Uno busca Washington. Otro busca Beijing. Uno endurece. Otro negocia.

Y Gran Bretaña espera.

Por eso el verdadero éxito de Milei no consistirá en conseguir una declaración de Trump. Consistirá en algo muchísimo más difícil:

Que el próximo presidente argentino continúe una política útil iniciada por Milei aunque lo deteste, del mismo modo que Milei acaba de utilizar instrumentos legales creados por gobiernos a los que detesta.

Eso sí sería una revolución argentina. No ideológica. Institucional.

 

¿Y si las Malvinas cambian de dueño?

 

Existe finalmente una pregunta que me resulta bastante más incómoda que todas las anteriores.

Nada de esto hubiera ocurrido sin Donald Trump. No fue Milei quien abrió la grieta. Fue Washington.

Y ahora sabemos que tampoco fue solamente una ocurrencia presidencial.

Meses antes de que Trump pronunciara públicamente la palabra Malvinas, dentro del Pentágono ya se analizaba revisar la posición norteamericana como instrumento de presión sobre Gran Bretaña por su comportamiento durante la guerra con Irán.

Al mismo tiempo, Trump construye su Escudo de las Américas, una nueva arquitectura hemisférica en la que Argentina y Chile ocupan inevitablemente un lugar estratégico en el extremo austral del continente.

Entonces aparece una pregunta bastante menos simpática.

¿Qué está viendo Estados Unidos cuando mira las Malvinas?

¿Una injusticia colonial que finalmente decidió reparar?

Permítanme dudarlo. Probablemente esté mirando otra cosa. China. La Antártida. El Atlántico Sur. Las rutas marítimas. El petróleo. Los minerales.

Quizás Trump no esté descubriendo que las Malvinas son argentinas.

Quizás esté descubriendo que son americanas.

Y entre ambas afirmaciones existe un océano.

Por eso debemos aprovechar esta extraordinaria coincidencia de intereses. Sería absurdo no hacerlo. Pero jamás debemos confundir el interés norteamericano con el interés argentino.

Tal vez el problema no sea que Milei esté entregando Malvinas a Estados Unidos. Eso sería una simplificación absurda.

El problema es bastante más sofisticado: que para recuperarlas necesitemos de una potencia que acaba de descubrir cuánto valen.

Hace unas semanas preguntaba quién sostendría nuestra bandera si algún día Londres aceptaba negociar.

Después de estos días tengo otra pregunta. Muchísimo más incómoda.

Durante casi dos siglos reclamamos que las Malvinas dejaran de ser británicas. Tal vez por primera vez una potencia capaz de modificar ese equilibrio parece dispuesta a incomodar seriamente a Londres.

Magnífica noticia. Ahora asegurémonos de entender por qué.

Porque después de casi dos siglos sería una ironía demasiado cruel que finalmente consiguiéramos que las Malvinas dejaran de ser británicas…

para descubrir que solamente estaban cambiando de dueño.

 

 

 

Fuente:Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales

 

Escalada geopolítica por Malvinas: Milei anuncia base naval en Tierra del Fuego, sanciones a petroleras y se suman tensiones con el Reino Unido

Escalada geopolítica por Malvinas: Milei anuncia base naval en Tierra del Fuego, sanciones a petroleras y se suman tensiones con el Reino Unido

El presidente Javier Milei anunció en cadena nacional anoche la construcción de una base naval en Tierra del Fuego y el endurecimiento de sanciones a petroleras que operen en Malvinas. La medida desató una fuerte escalada diplomática y advertencias bélicas desde el Parlamento británico.

 

 

 

Buenos Aires, viernes 4 septiembre (PR/26) — En una fuerte cadena nacional, el presidente Javier Milei ratificó ayer jueves de manera categórica la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas y lanzó severas advertencias al Reino Unido por la explotación unilateral de recursos naturales en el archipiélago austral, marcando un punto de inflexión en la política exterior de la gestión actual.

El mandatario firmó un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) con el fin primordial de ampliar los presupuestos y recursos del Ministerio de Defensa, encabezado por Carlos Presto, para acelerar la construcción de una base naval integrada en la provincia de Tierra del Fuego y potenciar las capacidades de telecomunicaciones en la zona.

Esta infraestructura estratégica se sustenta sobre la histórica Base Naval Ushuaia (BNUS), fundada en 1950 a orillas del canal Beagle, la cual se consolidará como el puerto y centro logístico más austral del país y la puerta de entrada principal para el apoyo operativo hacia el continente blanco y la Antártida.

El proyecto rememora los cimientos geopolíticos impulsados en 2024, cuando el propio Milei recibió en Ushuaia a la general Laura Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos, para delinear este polo multipropósito destinado a dar soporte a buques comerciales, cruceros y tareas logísticas en el Atlántico Sur.

Acciones concretas y  la posición oficial de la Cancillería

 

 

El canciller Pablo Quirno respaldó enérgicamente los anuncios presidenciales al señalar que la instalación de este enclave militar y logístico es una necesidad histórica largamente postergada que permitirá fortalecer la presencia soberana de la Argentina frente al peligro del avance británico.

Desde el Palacio San Martin detallaron que la decisión responde a más de medio año de negociaciones y busca frenar de raíz el desarrollo inconsulto de proyectos hidrocarburíferos como el denominado Sea Lion, operado por firmas como Navitas Petroleum, que amenazan con apropiarse de reservas no renovables en el mar argentino.

En esa misma línea, el Ejecutivo remitió al Congreso de la Nación un proyecto de Ley de Defensa de la Soberanía Nacional para endurecer drásticamente el marco punitivo contemplado en la Ley 26.659, afectando de manera directa a cualquier compañía que participe en actividades extractivas ilegales en el área disputada.

La normativa propuesta estipula la prohibición absoluta de contratar con el Estado o con el sector privado argentino tanto para los infractores directos como para todos sus proveedores, además de introducir la figura jurídica del juicio en ausencia para condenar a las empresas y actores que presten asistencia logística.

Creación del Consejo de Seguridad Nacional

 

Ex combatiente argentino Eduardo Canitrot haciendo flamear la bandera argentina en Malvinas a mediados de agosto

Como parte de la arquitectura institucional del paquete de medidas, el proyecto enviado al Parlamento contempla la creación formal del Consejo de Seguridad Nacional, un organismo transversal diseñado para articular de forma coordinada las áreas de Cancillería, Defensa, Inteligencia y Economía.

Este nuevo ente estratégico tendrá la responsabilidad de fijar directrices obligatorias para la protección aeroespacial, marítima y de infraestructura crítica, dotando al Estado de herramientas económicas y diplomáticas precisas frente a cualquier amenaza a los intereses vitales de la Nación.

Las repercusiones del mensaje presidencial no tardaron en sacudir el escenario internacional, especialmente tras las recientes declaraciones del mandatario estadounidense Donald Trump diciendo que si Reino Unido no aumenta su potencial militar en la OTAN, respaldará los reclamos de Argentina sobre Malvina, y los contundentes cruces registrados en el parlamento británico ante la presión de la agenda soberana.

Repercusiones y escalada bélica verbal en Londres

 

 

En el plano político del Reino Unido, las reacciones de la dirigencia conservadora reflejaron un profundo malestar y escalada retórica frente a las determinaciones adoptadas por la administración libertaria en Buenos Aires en materia de defensa de los archipiélagos australes.

El parlamentario británico y fundador de la organización Restore Britain, Rupert Lowe, encendió la polémica al manifestar públicamente que un eventual gobierno de su espacio político estaría dispuesto a ir a la guerra para defender las Islas Falkland, evidenciando el nerviosismo británico.

En sintonía con dicha postura belicista, el diputado conservador y referente en materia de defensa James Cartlidge reafirmó que las islas bajo administración de Londres continuarán bajo su órbita, reivindicando el despliegue militar ejecutado durante el conflicto bélico de 1982.

Mientras tanto, el gobierno argentino redobla su apuesta diplomática y jurídica buscando sumar adhesiones internacionales de peso, incluidos contactos con administraciones extranjeras cuyos capitales participan indirectamente en las cuestionadas concesiones petroleras en disputa.

Primicias Rurales

 

El discurso completo de Javier Milei sobre Malvinas en cadena nacional