Ago 13, 2026 | Columnas, Malvinas
Susana Tribiani relata la historia íntima de una familia atravesada por los 169 comunicados de Malvinas, las misiones en los Hércules y la inolvidable vuelta a casa de su padre.
Buenos Aires, domingo 23 agosto (PR/26)

Por Susana Tribiani
El 24 de marzo de 1982, el papá de Susana partió hacia el sur en uno de esos vuelos que, para la familia, formaban parte de la normalidad. Era oficial de la Fuerza Aérea Argentina y volaba los C-130 Hércules. Viajar, despegar, pasar varios días fuera de casa y regresar era parte de su trabajo, algo a lo que todos estaban acostumbrados. Susana tenía veintidós años y su hermano diecinueve. Ninguno imaginó que aquella partida sería distinta de tantas otras.
No hubo una despedida especial ni un presentimiento. Él se fue a trabajar y ellos siguieron con sus vidas. Mucho tiempo después supieron que había dejado escrita una carta por si no regresaba. Por suerte, nunca tuvieron que leerla.
Pocos días más tarde, el 2 de abril, a las 9:40 de la mañana, una radio encendida cambió para siempre el significado de la palabra Malvinas.
Fue Elena quien, desesperada por lo que acababa de escuchar, alertó a Susana y a su hermano:
—Entramos en guerra con los ingleses por Malvinas… y el papá está allá.
En unas pocas palabras, todo cambió. Hasta ese momento Malvinas había sido una referencia aprendida en la escuela, unas islas dibujadas en un mapa y una historia repetida desde chicos. Ahora era el lugar donde estaba su padre. Lo que hasta unas horas antes podía parecer una noticia lejana se había metido de golpe dentro de la casa.
Susana tenía veintidós años. Su hermano, diecinueve. Y de pronto tuvieron que entender algo para lo que nadie estaba preparado: aquel viaje del 24 de marzo no había sido un vuelo más.
Durante los siguientes setenta y ocho días, la guerra entró en la casa de una manera extraña: numerada. Comunicado número 1, comunicado número 2, comunicado número 3. Así, uno detrás de otro, hasta llegar al 169.
El país escuchaba aquellas voces buscando entender qué ocurría en el Atlántico Sur. En la casa de Susana, en cambio, cada comunicado se escuchaba de otra manera. Detrás de las palabras oficiales, de los informes y de las noticias siempre aparecía la misma pregunta: ¿dónde estará papá?
En aquellos años no existían teléfonos celulares ni mensajes capaces de tranquilizar con un simple “llegué bien”. Había esperas largas, silencios y noticias fragmentadas. Había que aprender a escuchar lo que se decía y también a soportar todo aquello que no se sabía.
Él tampoco contó demasiado después. No era un hombre que necesitara transformar lo vivido en una hazaña. Algunas historias fueron apareciendo con los años, casi siempre de costado, en alguna sobremesa, en una conversación con otro veterano o cuando una pregunta lograba abrir por un momento una puerta que normalmente permanecía cerrada.
Una de esas historias tenía que ver con las misiones a muy baja altura.
El Hércules era un avión enorme, difícil de esconder, y en algunas operaciones debían volar pegados al mar para intentar evitar la detección y escapar de los aviones ingleses. Él contó que llegaron a hacerlo tan bajo que tuvieron que usar los limpiaparabrisas.
A Susana siempre le quedó grabada esa imagen.
Los limpiaparabrisas pertenecían al mundo de todos los días, al auto, a una lluvia fuerte, a una tormenta cualquiera. Escucharlos mencionados en medio de una misión de guerra hacía que todo resultara mucho más real. Ya no era algo lejano ni una escena de película. Era su padre dentro de ese avión, volando casi al ras del agua.
Había otras cosas de las que hablaba mucho menos.
En algunas misiones trasladaban soldados heridos. Muchos eran muy jóvenes. Él contó alguna vez que, cuando los veía subir al Hércules lastimados, agotados o con miedo, pensaba inevitablemente en su propio hijo.
Tenía diecinueve años.
La misma edad que muchos de esos chicos.
Quizá esa fuera una de las cosas que más le costaba contar. Porque en esos momentos no era solamente un oficial cumpliendo una misión. También era un padre. Y en cada uno de aquellos jóvenes heridos podía aparecer, aunque fuera por un instante, el rostro de su propio hijo.
Susana entendió eso mucho después. A los veintidós años una cree que los padres saben todo, que pueden con todo y que el miedo les pertenece a otros. Con el tiempo comprendió que ellos también tienen miedo; simplemente muchas veces aprenden a esconderlo.
En mayo ocurrió algo que todavía recuerda con una emoción difícil de explicar: su padre volvió a casa por dos días.
Cuando ella y su hermano lo vieron entrar, fue como ver a Dios en carne y hueso.
Estaba ahí.
Vivo.
Y durante esas cuarenta y ocho horas eso fue suficiente.
Volvieron a escucharlo caminar por la casa, a verlo sentado a la mesa, a compartir cosas que hasta hacía poco parecían absolutamente normales. Seguramente hablaron de muchas cosas, aunque es probable que las preguntas más importantes hayan quedado sin hacer. Tal vez porque ninguno quería escuchar determinadas respuestas. Tal vez porque él tampoco podía darlas. O quizás porque, cuando alguien vuelve por apenas dos días de una guerra, preguntar demasiado parece una manera de perder tiempo.
Después hubo que despedirlo otra vez.
La casa volvió a quedar en silencio y la radio recuperó su lugar.
Los comunicados siguieron.
También las misiones.
Muchos años después, algunas de aquellas historias volvían a aparecer cuando él se encontraba con otros veteranos. Susana recuerda especialmente las conversaciones con “el Michi”. Entre ellos existía un lenguaje propio, hecho de nombres, fechas y situaciones que no necesitaban demasiada explicación.
El Michi había tenido su bautismo de fuego el 28 de mayo, volando los Pucará. Cuando hablaban entre ellos, Susana escuchaba relatos que rara vez aparecían en la conversación familiar. No parecían hombres intentando impresionar a nadie con sus historias. Más bien daba la sensación de que ciertas cosas solo podían decirse frente a alguien que hubiera estado allí.
Ella aprendió a escuchar esas conversaciones sin interrumpir demasiado.
Con el tiempo entendió que probablemente muchas cosas quedaron sin contar. No necesariamente porque se hubieran olvidado, sino porque hay experiencias difíciles de convertir en palabras. Uno puede relatar una misión, describir un vuelo o recordar una fecha, pero hay sensaciones que quizá no encuentran una forma sencilla de ser compartidas con quienes no estuvieron ahí.
La carta que su padre había dejado antes de partir terminó convirtiéndose, con los años, en uno de los recuerdos más fuertes de toda aquella historia.
El 24 de marzo sus hijos creían que se iba a trabajar.
Él sabía que podía no volver.
Imaginarlo sentado escribiendo unas palabras para ellos por si algo sucedía fue, para Susana, más difícil que escuchar muchas de las historias de guerra. Porque en esa carta ya no estaba el oficial de la Fuerza Aérea ni el hombre que volaba un Hércules. Estaba simplemente el padre.
Un hombre tratando de dejarles algo escrito a sus hijos por si no tenía la posibilidad de regresar y despedirse.
Por suerte, aquella carta nunca necesitó ser entregada.
Malvinas quedó entonces dividida para Susana en dos historias que, en realidad, nunca pudieron separarse del todo. Estaba la historia del país, con las islas, los combates, los aviones y los comunicados. Y estaba la historia de su casa: una radio encendida, Elena pronunciando aquella frase que nadie quería escuchar, dos hijos esperando, una carta guardada, dos días de mayo convertidos en un regalo inmenso y un padre que iba y venía entre la familia y el sur.
Con los años, cada vez que Susana veía un Hércules, ya no veía solamente un avión.
Veía a su padre.
Lo imaginaba volando tan bajo sobre el mar que tenían que encender los limpiaparabrisas. Lo imaginaba observando a aquellos soldados heridos y pensando en su hijo de diecinueve años. Lo imaginaba años después conversando con el Michi, recordando cosas que posiblemente ninguno de los dos podía contar de la misma manera fuera de esas conversaciones.
Y volvía también aquella mañana.
2 de abril de 1982.
9:40.
Una radio encendida.
La voz desesperada de Elena.
—Entramos en guerra con los ingleses por Malvinas… y el papá está allá.
El comienzo de una espera.
Durante setenta y ocho días la guerra llegó a la casa en forma de comunicados: uno, dos, tres, hasta ciento sesenta y nueve.
Después dejaron de escucharse.
Los aviones regresaron. Muchos hombres volvieron. Otros no.
La vida, inevitablemente, siguió.
Pero algunos recuerdos quedaron suspendidos en el tiempo: una fotografía, una carta que nunca fue abierta, una conversación entre veteranos, el ruido de un Hércules cruzando el cielo y esa costumbre involuntaria de levantar la cabeza para seguirlo con la mirada.
Y, sobre todo, quedó para siempre aquella imagen de mayo de 1982: la puerta de la casa abriéndose y su padre entrando por apenas dos días.
Como si Dios, por un momento, hubiera decidido hacerse carne y volver a sentarse a la mesa.
Ago 11, 2026 | Actualidad, Malvinas, Opiniones, Recursos Pesqueros
El gobierno actual impulsa la entrega de recursos y tierras a potencias extranjeras, profundizando una política de sumisión que daña la soberanía nacional y el desarrollo industrial.
Buenos Aires, martes 11 agosto (PR/26) — La política actual y el reclamo por Malvinas: El gobierno replica tendencias imperialistas de apropiación de recursos en países endeudados, actuando con sumisión frente a los intereses extranjeros.
El 15 de julio de 2026, los jugadores de la Selección Argentina visibilizaron los derechos soberanos sobre las Malvinas ante millones de personas.
Este hecho popular demostró la defensa de la dignidad nacional y recordó que la Patria no se vende, exponiendo la deficiente gestión de la Cancillería.
Entre la historia y la traición
En 1833, el marino José María Pinedo entregó las islas sin ofrecer resistencia ante la invasión británica, marcando un antecedente lamentable de claudicación.
Los próceres de la independencia como San Martín, Belgrano y Brown combatieron siempre en inferioridad de condiciones defendiendo la soberanía nacional.
Hoy existen funcionarios que promueven el abandono del reclamo por las islas, favoreciendo la dominación política y económica extranjera.
Las nuevas formas de dominación territorial
Las potencias ya no solo usan métodos bélicos, sino el libre mercado y la capacidad económica para apropiarse de riquezas en naciones endeudadas.
Estas formas de dominación incruentas generan pobreza, desempleo y pérdida de soberanía, cumpliendo objetivos extranjeros a través de administraciones locales.
El proyecto de extranjerización de la tierra de Milei y Sturzenegger elimina topes y libera zonas fronterizas y recursos estratégicos.
Entrega de recursos estratégicos
Se intentó modificar la Ley de Tierras para elevar el porcentaje en manos extranjeras, quitando límites territoriales y facilitando el acceso al agua y petróleo.
Las empresas extranjeras se llevan los recursos y dejan pasivos ambientales, sin que el Estado proteja a la industria y producción nacional.
Además, se mantiene la Ley de Inversiones Británicas y se otorgan concesiones a empresas extranjeras en ríos troncales como el Paraná-Paraguay.
Desmantelamiento del Estado y la industria
El régimen del RIGI y la política económica benefician a grandes inversores extranjeros mientras destruyen el comercio y la industria local.
Se impulsan privatizaciones y desfinanciamientos en áreas críticas como energía, agua, transporte, satélites y educación pública.
Esta estrategia coordinada debilita la soberanía nacional, subordinando los intereses de los argentinos a los designios de las grandes potencias.
Las nuevas formas de dominación territorial
Las potencias ya no solo usan métodos bélicos, sino el libre mercado y la capacidad económica para apropiarse de riquezas en naciones endeudadas.
Estas formas de dominación incruentas generan pobreza, desempleo y pérdida de soberanía, cumpliendo objetivos extranjeros a través de administraciones locales.
El proyecto de extranjerización de la tierra de Milei y Sturzenegger elimina topes y libera zonas fronterizas y recursos estratégicos.
Entrega de recursos estratégicos
Se intentó modificar la Ley de Tierras para elevar el porcentaje en manos extranjeras, quitando límites territoriales y facilitando el acceso al agua y petróleo.
Las empresas extranjeras se llevan los recursos y dejan pasivos ambientales, sin que el Estado proteja a la industria y producción nacional.
Además, se mantiene la Ley de Inversiones Británicas y se otorgan concesiones a empresas extranjeras en ríos troncales como el Paraná-Paraguay.
Primicias Rurales
Fuente: Dr. César Augusto Lerena Experto en Atlántico Sur y Pesca – Ex Secretario de Estado Presidente del Centro de Estudios para la Pesca Latinoamericana (CESPEL) cesarlerena.com.ar
Ago 9, 2026 | Desarrollo Humano, Especial, Malvinas
El artista Javier de Aubeyzon pintó “Nevada eterna”, un óleo inspirado en la bandera que la Selección exhibió tras vencer a Inglaterra en el Mundial. La obra funde fútbol, historia y memoria en un mismo campo de batalla.
Daniel Gigena
Buenos Aires, domingo 9 agosto (PR/26)–La escena es conocida: los jugadores de la Selección argentina levantaron una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” tras eliminar a Inglaterra en las semifinales del Mundial. Aquel gesto, cargado de historia, no tardó en multiplicarse.
Ahora ese símbolo llegó al arte. El arquitecto y pintor Javier de Aubeyzon, reconocido por su obra sobre la Guerra de Malvinas, tomó esa imagen como punto de partida para una nueva pieza: un óleo y lápiz sobre tela titulado “Nevada eterna”.

El cuadro, de 1,50 por 1,30 metros, muestra la bandera junto al capitán Lionel Messi, arrodillado y de espaldas, en medio de cascos de soldados y copos de nieve. El fondo representa el estrecho de San Carlos, con el agua teñida de rojo.
“El agua está roja por la sangre derramada en el desembarco”, explicó el artista a LA NACION, al describir el sentido de cada detalle de la composición.
El deporte como otra forma de épica
Para De Aubeyzon, la cancha y el campo de batalla comparten un mismo espíritu. “Gestas de guerreros y héroes, así en el campo de batalla como en el juego, se libran de distinta forma pero con igual intensidad”, sostiene el artista.
El pintor cuestiona además la idea de que deporte y política deban mantenerse separados. Recuerda que los propios Juegos Olímpicos nacieron en Grecia como un pacto de paz, capaz de transformar la fuerza guerrera en competencia.

“La épica, la mística y el sacrificio se apoderan de quienes defienden a su país en la gesta deportiva”, agrega, y señala que cada partido se vive como un enfrentamiento simbólico por la propia identidad.
La obra se suma a una serie sobre Malvinas
“Nevada eterna” se encuentra hoy en el taller del artista, en La Lucila. Hasta el 10 de septiembre, De Aubeyzon expone además una serie de pinturas en el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, sobre la calle Santiago Calzadilla.
“Es parte de una producción que intenta mantener vivo el homenaje y el reclamo”, destaca. Y define su trabajo con una frase contundente: “El arte es una poderosa arma pacífica, en una causa que está en lo más profundo de la sociedad”.

Javier de Aubeyzon junto al héroe de Las Malvinas Comodoro Pablo Carballo
El artista también dejó una reflexión sobre la propia final del Mundial, jugada con un hombre menos y un rendimiento irregular, que dejó al equipo cerca de forzar los penales. “Lo ocurrido es ya irreversible, pero las dudas permanecerán en el imaginario colectivo”, opina.
Su conclusión resume el espíritu de la obra: “Si un simple trapo costó una Copa del Mundo, fue el precio de la dignidad… La gloria deportiva es efímera; las Malvinas son eternas”.
Primicias Rurales
Fuente: La Nación