Misión Malvinas: dos jóvenes de 22 años caminaron 80 kilómetros bajo cero para homenajear a los veteranos

Misión Malvinas: dos jóvenes de 22 años caminaron 80 kilómetros bajo cero para homenajear a los veteranos

Uriel Espinoza y Lucas Constancio, que sirvieron en el Ejército Argentino, unieron a pie Zapala y Cutral Co en más de 15 horas, con temperaturas bajo cero y una bandera firmada por los veteranos como única misión.

 

 

 

Buenos Aires Jueves 8 octubre (PR/26)– La noche cayó sobre la meseta y el frío se hizo sentir con fuerza en esa zona de Neuquén. Mientras la mayoría dormía, dos jóvenes de 22 años avanzaban por la oscuridad con una bandera entre las manos.

Habían decidido unir a pie Zapala y Cutral Co en una travesía que tuvo un único propósito: homenajear a los veteranos de Malvinas y llevar su recuerdo un poco más lejos.

Uriel Espinoza tiene 22 años. Nació en Zapala, pero creció en Cutral Co. Con tan solo 18 se incorporó al Ejército Argentino, en la Base de Apoyo Logístico, donde se desempeñó como soldado de primera y cazador de montaña.

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos

 

No fue una decisión casual: sintió desde muy joven una vocación y un “llamado de la patria” que lo llevó a elegir la vida militar.

Su compañero, Lucas Constancio, también de 22 años, es oriundo de Cutral Co. Ingresó al Ejército después de haber crecido viendo los desfiles junto a su mamá y soñando con ocupar algún día el lugar de aquellos soldados que admiraba.

Se especializó en actividades de montaña y estuvo destinado en San Martín de los Andes, donde además realizó cursos junto al Ejército de Chile.

 

Una idea que nació en pleno frío cordillerano

 

La idea de la travesía nació lejos de las ciudades, en una jornada de entrenamiento en la cordillera. Uriel y Lucas atravesaban condiciones adversas, con temperaturas bajo cero, nieve y lluvia, cuando empezaron a pensar en quienes habían combatido en Malvinas.

Entonces surgió una pregunta: ¿qué pasaría si intentaban ponerse, aunque fuera por unas horas, en los zapatos de aquellos veteranos?

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos

 

“Entendimos que no estábamos pasando ni un poco de lo que había vivido la gente de Malvinas”, contó Uriel. El frío, la falta de descanso y las exigencias del entrenamiento militar los llevaron a imaginar una experiencia para acercarse, de manera simbólica, a una parte de aquella historia. Así nació Misión Malvinas.

 

80 kilómetros y una bandera que unió dos ciudades

 

La fecha elegida fue el 5 y 6 de septiembre. El desafío consistía en unir a pie dos puntos cargados de significado: el monumento al Soldado Argentino de Zapala y la plaza Soldado Jorge Águila de Cutral Co. Entre ambos calcularon unos 80 kilómetros por campo traviesa.

La caminata no era solamente un desafío personal. Antes de partir, Uriel y Lucas se contactaron con veteranos de Malvinas de Zapala, quienes firmaron la bandera que los jóvenes llevarían durante todo el recorrido. La misión era entregarla a los veteranos locales en un acto de reconocimiento y homenaje.

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos

 

Durante la marcha, las condiciones también se volvieron parte del desafío. La temperatura llegó a los -7 grados y, mientras atravesaban la estepa patagónica, a la altura de la meseta de Cerro Bandera, los sorprendió el agua nieve.

Cuando los veteranos se enteraron de las condiciones en las que habían hecho el recorrido, la reacción fue inmediata: algunos se emocionaron hasta las lágrimas y les dijeron que había sido “un día malvinense”.

En total, tardaron entre 15 horas y media y 16 horas en completar el camino. Avanzaron durante toda la noche, sin descanso y con la mente puesta en el objetivo. No buscaban reproducir lo que vivieron los combatientes, sino acercarse, con todo respeto, a una pequeña parte de lo que atravesaron.

 

“La misión se cumple o se cumple”

 

A medida que avanzaban los kilómetros, el esfuerzo comenzó a sentirse en el cuerpo y, cuanto más cerca estaban del final, más difícil era sostener el ritmo.

Uno de los momentos más duros llegó cerca del kilómetro 57, alrededor de las 4:30 de la madrugada. Ya habían dejado atrás buena parte del recorrido y sentían que el cuerpo no respondía como al comienzo.

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos

 

El cansancio también hizo lo suyo. Una diferencia por la música que escuchaban durante el trayecto derivó en una pequeña discusión que se extendió durante casi 10 kilómetros. El frío, el hambre y las horas sin dormir pesaban, pero finalmente dejaron atrás el enojo y siguieron caminando.

El objetivo seguía siendo uno solo: llegar.

“Lo que nos marcó el Ejército es cumplir la misión a como dé lugar. Entonces dijimos: la misión se cumple o se cumple”, recordó Lucas. En un buen tramo, incluso, aceleraron el paso y corrieron para alcanzar la meta.

 

Un homenaje que llegó mucho más lejos de lo esperado

 

Cuando finalmente llegaron a Cutral Co, la bandera que había partido de Zapala cumplió su recorrido. Uriel y Lucas la entregaron a los veteranos de la ciudad, tal como lo habían imaginado.

Lo que no esperaban era la repercusión que tendría una iniciativa entre dos jóvenes. El recorrido fue acompañado por autoridades de ambas ciudades y, después de la travesía, recibieron un reconocimiento como ciudadanos destacados. Para ellos, fue sentirse acompañados por sus propias ciudades y saber que el mensaje había llegado.

“Nosotros no esperábamos nada. Es una iniciativa que nació de nosotros, sin pedir algo a cambio. Solamente fue decir: vamos a unir los puntos y rendir homenaje”, explicó Lucas.

Tampoco imaginaron que la caminata llegaría tan lejos: recibieron mensajes de personas de Ecuador, Perú, Estados Unidos e Italia, además de argentinos que viven en distintos lugares del mundo.

 

Las Malvinas, más presentes que nunca

 

Uriel y Lucas tienen 22 años. La guerra de Malvinas ocurrió hace 44, exactamente la edad que suman entre ambos. Sin embargo, para los dos, el paso del tiempo no significa que la historia haya quedado atrás.

Crecieron escuchando relatos sobre aquellos días y, desde muy jóvenes, construyeron un vínculo con la causa que después afianzaron dentro del Ejército. “Somos malvinenses desde muy chiquitos”, explicó Uriel.

Para ellos, recordar a quienes combatieron en las islas no es una tarea reservada al 2 de abril, sino una responsabilidad que debe sostenerse todo el año. Por eso decidieron que dos jóvenes de su generación también podían hacer algo para mantener viva la memoria.

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos Uriel y Lucas tienen 22 años, sirvieron en el Ejército Argentino y recorrieron durante más de 15 horas

 

Y aunque reconocen que nunca podrán conocer en carne propia lo que vivieron quienes estuvieron en la guerra, sienten que la formación militar les permitió comprender algunos de los valores que rodean aquella historia.

“Somos chicos jóvenes, pero el Ejército nos hizo hombres grandes”, aseguran. Les dejó valores como el respeto, el sentido de pertenencia y el compromiso, pero también la idea de que una misión asumida debe cumplirse hasta el final y de que la Patria debe hacerse valer.

 

Una nueva misión: caminar por las islas

 

La travesía terminó, pero la idea de ponerse en los zapatos de quienes combatieron en Malvinas no quedó ahí. Ya empezaron a imaginar una nueva misión, aún más grande: algún día, un 2 de abril, poder caminar por las islas.

No saben cuándo será ni cómo podrán hacerlo. Tampoco tienen una fecha ni una organización definida. Es, por ahora, un sueño que apareció después de completar los 80 kilómetros y que cada vez que lo imaginan les eriza la piel.

Mientras ese momento llega, saben que todavía tienen algo más para hacer: quieren que otros jóvenes se animen a involucrarse, a conocer la historia y a entender que no hace falta esperar una fecha especial para recordar a quienes dejaron todo por la Patria.

 

Misión Malvinas: dos jóvenes caminaron con temperaturas bajo cero para homenajear a los veteranos Uriel y Lucas tienen 22 años, sirvieron en el Ejército Argentino y recorrieron durante más de 15 horas

 

“Amen a nuestra tierra, a nuestros recursos. Amen nuestros símbolos patrios, nuestra familia. Tengan memoria de todo el sacrificio que vivieron nuestros antepasados para que vivamos en el mejor país del mundo”, sostiene Uriel. Y Lucas lo resume así: “Las Malvinas son argentinas, prohibido olvidar”.

 

Primicias Rurales
Fuente: LM Neuquén
Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises. Columna renovada con una profunda reflexión

Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises. Columna renovada con una profunda reflexión

El dolor de Troya, el periplo de veinte años y la redención del héroe. Una mirada profunda sobre la culpa, el exilio y la memoria de los caídos a raíz de la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan.

 

 

Por Matilde Fierro

Editora de Primicias Rurales y autora de Los Héroes del Tiempo, una Historia de Malvinas

Buenos Aires, sábado 15 agosto (PR/26) — El eco de los bronces chocando en la llanura de Ilión todavía resuena con la crudeza del fuego y la sangre. Destruir Troya mediante una matanza desmedida no fue una gesta gloriosa para el héroe; fue el inicio de una condena silenciosa que quebró su alma.

Ulises (Odiseo) emprendió el retorno a Ítaca arrastrando el peso invisible de su arrepentimiento: la culpa por los hombres que partieron con ilusión desde sus hogares y que, uno a uno, quedaron sepultados bajo las olas, devorados por monstruos o consumidos por la soberbia de su propio líder.

Fueron veinte años de un viaje de purificación tan implacable como desgarrador, una travesía que resurge con fuerza en el debate cultural tras ver la reciente adaptación cinematográfica La Odisea, el ambicioso proyecto que Christopher Nolan comenzó a escribir en marzo de 2024, aseguró con Universal Pictures en octubre de ese mismo año y consolidó con el fichaje de Matt Damon en febrero de 2025.

Las aguas del Mediterráneo exigieron un peaje altísimo para redimir al hombre de armas. En su camino, Ulises debió sortear los peligros más temibles:

  • El furor de los ciclopes, donde la astucia rozó el abismo de la arrogancia.

  • Los cantos hipnóticos de las sirenas, que prometían verdades absolutas a cambio de la perdición.

  • Las trampas hechizadas de la maga Circe y los engaños de la ninfa Calipso, que intentaron congelar el tiempo en el olvido.

  • El paso por el temible estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde la supervivencia exigió siempre el doloroso sacrificio de otros.

 

Cada obstáculo fue una prueba de fuego, un proceso de desgaste espiritual en el que el guerrero despiadado de Troya se fue despojando de su soberbia para dar paso al peregrino doliente.

Al fin, tras dos décadas de ausencia, el héroe pisó la tierra amada que lo aguardaba.

Allí, en el hogar, la espera paciente y fiel de su esposa Penélope y el valor de su hijo Telémaco sostuvieron los cimientos de un reino que amenazaba con derrumbarse. El reencuentro no fue el final de la historia, sino el umbral de una nueva necesidad urgente: sanar lo irreparable.

Porque la victoria en Ítaca no borraba el pasado.

Por ello, culminado el orden en su hogar, Ulises y Penélope tomaron una decisión fundamental que la épica tradicional suele silenciar, pero que la verdadera justicia del alma reclama: partieron juntos al exilio. Dejaron atrás la comodidad del trono restaurado para emprender un último viaje. Esta vez, el propósito no era la conquista ni la gloria, sino el deber sagrado de restaurar la tierra y rendir honores póstumos a cada uno de los hombres que cayeron en la guerra y en el mar.

En ese último éxodo junto a su fiel esposa, el héroe completó su círculo de expiación.

 

Comprendió, al fin, que ningún triunfo terrenal, ninguna corona ni ninguna muralla conquistada valen la pena si se construyen sobre el sufrimiento evitable y el olvido de los caídos.

Una lección atemporal que, casi tres mil años después, nos sigue recordando que la verdadera grandeza humana no reside en no cometer errores, sino en la valentía de asumir la culpa, buscar el perdón y honrar la memoria de los que ya no están.

Y hoy qué ocurre

En la Literatura moderna como en Crimen y Castigo, de Fiodor Dovstoieski, la purificación (La redención por el sufrimiento): La purificación del protagonista no ocurre mediante un ritual físico (como el azufre de Odiseo). Sucede a través del amor incondicional de Sonia, la aceptación del sufrimiento y la lectura de los Evangelios en Siberia. Es una regeneración espiritual y psicológica lenta.

En la literatura del siglo XX y XXI (especialmente la literatura de guerra, como Las cosas que llevaban de Tim O’Brien), el mandato es el deber militar.
    • El soldado mata por obediencia al Estado.
    • El arrepentimiento y la purificación ya no se tratan en templos, sino en la literatura médica y de ficción como un trauma psicológico severo. El héroe moderno destruye su propia psique al obedecer el mandato de la violencia y la tiene que reconstruir al igual que reencontrarse con su espiritualidad para salir adelante.

 


La crítica cinematográfica

Respecto de la película Odisea de Nolan, Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine, escribió lo siguiente:

 

 

 

No todas las superproducciones logran sostener la misma intensidad durante todo su metraje. Odisea es la prueba de ello: una película técnicamente brillante, con una dirección de altísimo nivel, una dirección de arte deslumbrante y un elenco que entrega actuaciones sólidas y convincentes, pero cuyas casi tres horas de duración terminan jugándole en contra.

 

 

Desde el arranque se percibe el cuidado puesto en cada detalle. La puesta en escena es prolija, la fotografía acompaña el relato con elegancia y la reconstrucción de ambientes es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del film. La dirección consigue escenas de fuerte impacto visual y exhibe un manejo narrativo que pocas películas actuales logran igualar.

El trabajo actoral de los protagonistas también se destaca. Cada personaje resulta creíble y con profundidad, sosteniendo el interés del espectador incluso en los tramos donde el ritmo empieza a aflojar.

El gran problema de Odisea, sin embargo, está en su desarrollo. Conforme avanza la trama, aparecen pasajes innecesariamente extensos que le restan agilidad al relato. Hay secuencias que bien podrían haberse sintetizado sin perder nada de la esencia de la historia, y que terminan generando una sensación de pesadez. Las tres horas de película se sienten, en definitiva, más largas de lo que deberían.

Esto no quiere decir que sea una mala película. Todo lo contrario: tiene méritos de sobra como para recomendarla, en especial a los amantes del cine épico y de gran despliegue visual. Pero también le pide paciencia al espectador, algo que no todos van a estar dispuestos a dar.

 

 

En resumen, Odisea es una obra que impresiona por su factura técnica y artística, aunque pierde fuerza por un ritmo desparejo y una duración que atenta contra la experiencia en sala.

Puntaje final: 6/10.

Una película visualmente extraordinaria y de una factura técnica impecable, pero cuyo metraje excesivo le resta impacto emocional y narrativo. Para quienes priorizan el espectáculo cinematográfico por sobre el ritmo, será una experiencia recomendable; para el público general, probablemente se sienta más larga de lo deseado.

 

 

Reflexión

Por RC «Pipo» Martínez

Hay un aspecto del artículo que me parece particularmente interesante: la comparación entre el estado emocional del guerrero de la Antigüedad y el del soldado contemporáneo.

Creo que hoy tenemos una paradoja. Hemos avanzado enormemente en la comprensión y el tratamiento de los trastornos psicológicos derivados de la guerra, pero quizá hemos perdido parte del lenguaje con el que antiguamente se intentaba darle un significado al sufrimiento del guerrero.

El soldado moderno puede volver con estrés postraumático, culpa, angustia, depresión, recuerdos que no puede borrar y preguntas para las cuales no encuentra respuesta. Y muchas veces intentamos resolver todo eso exclusivamente desde una perspectiva clínica. La psicología y la psiquiatría son fundamentales, por supuesto, pero hay heridas de la guerra que también son morales, existenciales y espirituales.

Odiseo no solamente tenía que curarse de lo que había vivido. Tenía que regresar. Tenía que reconstruir su identidad y recuperar su lugar en el mundo después de haber pasado años entre la muerte, la violencia y la pérdida.

Y nosotros tenemos un ejemplo cercano y doloroso: Malvinas.

Muchos de nuestros soldados volvieron de Malvinas siendo muy jóvenes. Volvieron de una guerra que para ellos no terminó necesariamente el día en que dejaron las islas. Durante años, muchos tuvieron que convivir con recuerdos, pérdidas, culpa, silencios y con la dificultad de encontrar un lugar dentro de una sociedad que tampoco sabía muy bien cómo recibirlos.

Y hay algo todavía más profundo: durante mucho tiempo existió una especie de silencio alrededor de Malvinas. Como si hablar de la guerra fuera incómodo, como si reconocer el sufrimiento de los combatientes implicara necesariamente discutir la decisión política que llevó a la guerra.

Pero una cosa no debería confundirse con la otra.

Se puede cuestionar profundamente la decisión política y, al mismo tiempo, honrar y acompañar al soldado que fue enviado a combatir.

Porque una sociedad que envía a sus jóvenes a una guerra tiene una responsabilidad moral con ellos cuando regresan.

Y aquí vuelvo a Homero.

El soldado no solamente necesita volver físicamente. Necesita encontrar nuevamente un lugar en su comunidad, reconstruir vínculos, recuperar una identidad y, muchas veces, reconciliarse con aquello que vio e hizo.

Tal vez por eso La Odisea sigue siendo tan actual. No porque debamos convertir a Odiseo en un personaje contemporáneo, sino porque nosotros seguimos siendo seres humanos enfrentados a problemas que Homero ya había comprendido.

El soldado de Malvinas, como el soldado de Troya, regresó de un mundo donde las reglas de la vida cotidiana habían quedado suspendidas. La diferencia es que Odiseo tenía un relato que le permitía comprender su regreso. Nosotros, en cambio, muchas veces les dijimos a nuestros combatientes simplemente que trataran de olvidar.

Y una guerra no se olvida.

Quizás se aprende a convivir con ella.

Por eso creo que el verdadero desafío no es solamente tratar el trauma del soldado, sino ayudarlo a reconstruir el significado de su experiencia.

Una sociedad que le exige a un hombre que mate en su nombre tiene también la obligación moral de acompañarlo cuando ese hombre vuelve a casa con sus muertos dentro de él.

Y quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía podemos encontrar en Homero: que ganar o perder una guerra no es el final de la historia. La verdadera batalla puede comenzar cuando el soldado intenta volver a casa.

 

La razón personal: la interpelación

Hay, además, una razón profundamente personal por la que este tema me interpela.

Mi hermano y yo fuimos muy unidos. Elegimos la misma profesión, compartimos amigos, experiencias, vuelos y buena parte de nuestra vida. Después de Malvinas seguimos volando juntos. Teníamos ideas y gustos muy parecidos y, físicamente, éramos tan similares que muchas veces nos confundían.

Él estuvo en Malvinas. Yo no fui porque en ese momento todavía no tenía la capacidad necesaria para ser enviado. Sin embargo, la guerra formó parte de nuestras vidas y de nuestra generación.

Y hay algo que hoy, después de su muerte, me hace pensar mucho.

Yo creía conocer profundamente a mi hermano. Y probablemente lo conocía. Pero nunca llegué a saber realmente qué había ocurrido dentro de él después de la guerra.

Siempre fue el fuerte, el que parecía haberlo superado todo. Nunca fue alguien que mostrara fácilmente sus conflictos interiores. Por eso hoy me pregunto si realmente había elaborado aquella experiencia o si simplemente había aprendido a convivir con ella.

No tengo la respuesta.

Y creo que nadie puede tenerla.

En los últimos tiempos de su vida, sin embargo, observé en él algo que antes no había visto con tanta claridad: una búsqueda más interior, incluso espiritual, a pesar de que siempre se había considerado agnóstico.

No sé si aquella búsqueda tenía alguna relación con su historia, con la proximidad de la muerte, con la enfermedad o simplemente con la evolución natural de una persona que, al llegar a determinada etapa de la vida, comienza a hacerse preguntas diferentes.

No puedo saberlo.

Y justamente esa imposibilidad de saber es parte de mi reflexión.

Porque cuando hablamos de los efectos de una guerra sobre un ser humano, debemos ser muy cuidadosos. No podemos afirmar que una enfermedad, una adicción, una depresión o cualquier otra circunstancia que aparezca décadas después sea necesariamente consecuencia de aquella experiencia.

Sería una afirmación médica que no podemos demostrar.

Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario y pensar que, porque no podemos demostrar una relación causal, la experiencia de la guerra necesariamente quedó atrás.

Entre afirmar y negar existe un territorio enorme: el territorio de lo que no sabemos.

Y allí están las historias de tantos hombres que conocimos.

Algunos enfermaron muchos años después. Otros encontraron refugio en el alcohol. Otros tuvieron problemas familiares o personales. Otros aparentemente continuaron con una vida normal. Algunos hablaron de Malvinas durante toda su vida; otros casi nunca hablaron.

No sabemos qué parte de esas historias pertenece a la guerra y qué parte pertenece simplemente a la vida.

Pero tampoco podemos saber qué ocurrió en el interior de cada uno.

Eso es lo que me lleva nuevamente a Odiseo.

Porque quizá la grandeza de La Odisea no está solamente en las aventuras que vive su protagonista, sino en la idea de que el regreso es un proceso.

Uno puede volver físicamente de una guerra y, sin embargo, tardar años —o toda una vida— en encontrar nuevamente un lugar dentro de sí mismo.

Mi hermano murió hace algunos años. Y todavía hoy, cuando estoy haciendo algo que considero importante, muchas veces me descubro preguntándome qué pensaría él.

Estoy desarrollando un proyecto que, curiosamente, guarda cierta semejanza con algo que él había comenzado a hacer cuando ya estaba retirado. Y aunque él no llegó a conocer lo que estoy haciendo ahora, muchas veces me pregunto si lo aprobaría, si estaría de acuerdo, si se sentiría orgulloso.

Yo quiero creer que sí.

Quiero pensar que estaría contento de verme seguir adelante y que, de alguna manera, compartiría conmigo este momento.

Quizás esa sea también una forma de regreso.

Porque los que ya no están siguen formando parte de nuestra vida. Seguimos conversando con ellos en silencio, consultándolos en nuestra conciencia, imaginando qué nos dirían frente a una decisión.

Y en mi caso, mi hermano sigue siendo de algún modo ese compañero de vuelo, de profesión, de ideas y de vida que fue durante tantos años.

No sé qué guerra interior libró después de Malvinas.

No sé si la superó, si la transformó o simplemente aprendió a vivir con ella.

No sé si su búsqueda interior de los últimos años tuvo algo que ver con todo aquello.

Y no necesito inventar una respuesta.

Tal vez sea precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a mirar de otra manera a quienes regresan de una guerra.

A escucharlos.

A acompañarlos.

A no suponer que porque sonríen están bien, ni que porque nunca hablan han olvidado.

Porque una guerra puede dejar consecuencias visibles, pero también puede dejar preguntas que nadie más puede ver.

Y quizás, después de tantos años, la verdadera enseñanza de Odiseo siga siendo esa:

volver a casa no significa solamente sobrevivir y regresar al lugar de donde partimos. Significa intentar recuperar quiénes éramos después de haber conocido aquello que nos cambió para siempre.

Eso es lo que todavía me pregunto cuando pienso en mi hermano.

Y quizá nunca tenga la respuesta.

 

Primicias Rurales
Fuentes: Varias
La bandera argentina volvió a flamear en las Islas Malvinas tras 44 años: el homenaje en Puerto Argentino y Darwin

La bandera argentina volvió a flamear en las Islas Malvinas tras 44 años: el homenaje en Puerto Argentino y Darwin

Un excombatiente regresó al archipiélago para rendir tributo a su amigo, caído en la guerra.

 

 

La bandera argentina volvió a flamear en las Islas Malvinas.

Buenos Aires, martes 18 de agosto (PR/26) — A 44 años de la Guerra de Malvinas, el excombatiente Eduardo Canitrot volvió al archipiélago donde combatió como soldado conscripto en 1982 para concretar una promesa que había marcado su vida. Acompañado por una de sus hijas, recorrió Puerto Argentino, el cementerio de Darwin y otros escenarios del conflicto, donde rindió homenaje a sus compañeros caídos.

Canitrot, quien actualmente preside la Asociación de Veteranos Puerto Argentino de Pinamar, integró durante la guerra el Batallón Logístico 10 de la X Brigada de Infantería. Con menos de 20 años llegó a las islas y permaneció allí durante el conflicto bélico con el Reino Unido.

 

 

 

 

Cementerio de Darwin

 

 

El viaje tuvo un profundo significado personal. En distintos puntos del archipiélago desplegó una bandera argentina, una imagen que rápidamente se volvió viral en las redes sociales y despertó miles de mensajes de reconocimiento.

 

Una promesa cumplida después de cuatro décadas

Uno de los momentos más emotivos ocurrió en el cementerio argentino de Darwin, donde descansan los restos de numerosos soldados caídos durante la guerra. Allí, Canitrot visitó la tumba de Pedro Larrosa, uno de sus compañeros, a quien había prometido regresar.

 

El veterano Eduardo Canitrot fue quien hizo flamear nuevamente la bandera argentina en las Islas Malvinas tras 44 años.

Frente a la cruz blanca que recuerda a su amigo, el veterano recordó aquel compromiso asumido hace más de cuatro décadas y expresó su emoción por haber podido cumplirlo. En sus publicaciones escribió: «Cumplí con lo que te prometí, Pedro», un mensaje que sintetizó el sentido de todo el viaje.

Durante su recorrida también recordó a todos los combatientes fallecidos y a quienes sufrieron las consecuencias de la posguerra.

En otra publicación manifestó: «Por los caídos, por los que quedaron aquí en las islas y en el mar, por los que no pudieron soportar y se quitaron la vida. Por todos los argentinos y argentinas que dieron, dan y darían su vida por esta bandera».

 

La bandera argentina en Puerto Argentino

Otro de los momentos más difundidos ocurrió en Puerto Argentino, donde Canitrot corrió sosteniendo la bandera argentina en las inmediaciones de un mástil que exhibe la insignia británica.

 

El homenaje en Puerto Argentino y el Cementerio de Darwin. 

Además, llevó la bandera a distintos puntos del archipiélago, incluido Monte Harriet, donde registró un video mientras el viento hacía flamear la enseña nacional. Allí dejó una frase que resumió el significado del homenaje: «Mi bandera no se arrodilla ante nadie».

El excombatiente también logró localizar el lugar donde permaneció durante gran parte del conflicto

También pudo localizar su posición. “El lugar exacto en donde estuvo el pozo en el que todos los días eran iguales: hambre, frío, miedo. Pero pensar en defender la bandera hicieron que el cuerpo se adapte, porque el amor por la patria está ante todo”, aseveró a la Opinión Austral y recorrió sectores como Pradera del Ganso y Monte Kent, escenarios que volvieron a traer a su memoria los recuerdos de la guerra.

 

En su pechera se puede leer: Las Malvinas son Argentinas

 

 

A través de su cuenta de Instagram, el veterano de guerra compartió cómo fue su visita, qué lugares recorrió y los recuerdos que volvieron a su mente. Además, hizo flamear la bandera argentina.

“Fueron, son y serán por siempre. Gracias a nuestros jugadores por aquella victoria, por la garra con la que defendieron nuestra camiseta y por lograr que este reclamo se viralizara mundialmente”, escribió Canitrot en una de las imágenes en la que se lo puede ver usando una camiseta blanca con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” y en referencia al triunfo de la Scaloneta ante Inglaterra que los jugadores celebraron alzando la íconica bandera que reforzó el reclamo de soberanía.

“Fue emocionante llevar esta remera (regalo de mi hija Belu) a nuestras islas. Un homenaje a nuestra historia, a nuestra identidad y a una causa que llevamos en el corazón“, expresó junto a la foto que se tomó delante del cartel de “Welcome to The Falkland”.

Además de los requisitos migratorios, existen limitaciones específicas, reglas de conducta y prohibiciones para los argentinos que viajan a las islas, entre ellas, el pedido de abstenerse de agitar o exhibir en público banderas argentinas.

Sin embargo, Canitrot exhibió la insignia patria con las islas Malvinas en el centro de la bandera de día y de noche en al menos cuatro veces durante su estadía que se extendió del 8 al 15 de agosto pasado.

En Monte Harriet, con el viento a favor, la celeste y blanca se ondeó. “Mi bandera no se arrodilla ante nadie. Por ella murió mucha gente, desde nuestra independencia flameó en lo más alto. Nadie nos va a decir que podemos mostrarla solamente en el cementerio de Darwin y por debajo de la cintura“, reivindicó.

«Cumplí con lo que te prometí, Pedro», dijo en referencia al tributo a su amigo caído.

 

 

 

Fuente: Agencia NA / La Opinión Austral
Primicias Rurales