En la campaña 2025/26 el área sembrada con sorgo se achica un 29% frente al ciclo anterior, a medida que el maíz vuelve a ganar terreno. Aun así, los buenos rendimientos logran contener la baja de la producción a un 16%, que se ubicaría en 2,48 millones de toneladas.
Buenos Aires miercoles 8 julio(PR/26)–La campaña 2024/25 había sido especial para el sorgo. El miedo al Spiroplasma y a la chicharrita en el maíz había empujado a muchos productores a resignar hectáreas de ese cultivo, y el sorgo aprovechó ese espacio hasta llegar a un máximo de 1,08 millones de hectáreas sembradas.
Para la 2025/26 el panorama cambió. La presión de la chicharrita se moderó y el maíz recuperó buena parte del área perdida, así que el sorgo devolvió buena parte de lo que había ganado. Según datos de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca (SAGyP), la superficie nacional sembrada con sorgo se ubica en 0,76 millones de hectáreas, un 29% menos que el ciclo previo.
Lo interesante es que esa caída de área no se trasladó con la misma fuerza a la producción. Los rindes promedio mejoraron, y eso amortiguó buena parte del golpe. Se estima que 176.000 hectáreas no llegarán a cosecharse, pero aun así la producción nacional rondaría los 2,48 millones de toneladas, un 16% menos que en la campaña anterior.
El centro-norte, epicentro de la producción
La Región Central sigue siendo la gran protagonista, con 1,6 millones de toneladas estimadas para la 2025/26, es decir, el 63% del total nacional.
Pero el sorgo tiene una particularidad frente a otros cultivos: el norte del país pesa mucho más de lo habitual, aportando cerca de 0,8 millones de toneladas (33% del total), ya que el cultivo tolera bien los ambientes más marginales donde otras alternativas no rinden de forma pareja. La Región Sur, en cambio, tiene una participación menor, en torno al 4%.
El comportamiento no fue parejo entre regiones, y ahí está buena parte de la explicación de la caída productiva. La Región Central y la Región Sur retrocedieron cerca de 26% y 24% interanual respectivamente, arrastradas por el avance del maíz sobre el área de sorgo. El Norte, en cambio, fue la única región que creció (+17% aproximadamente), recuperándose tras una campaña previa golpeada por la falta de lluvias.
A nivel más fino, las delegaciones de SAGyP donde el cultivo tiene mayor peso son San Francisco, Rafaela, Chaco (Charata y P.R. Sáenz Peña), Santiago del Estero (Quimilí y capital) y Avellaneda, lo que confirma que la producción se concentra en el centro-norte del país.
China, el destino que define el negocio
La oferta total de sorgo se estima en 2,9 millones de toneladas, y la Región Central vuelve a ser el principal polo de demanda gracias a los puertos del Paraná, lo que genera flujos constantes de grano desde el norte hacia el centro del país.
Del total, se calcula que 1,2 millones de toneladas tendrán como destino el mercado interno, entre alimento balanceado, consumo animal y semilla para la próxima siembra. En el frente externo, la menor oferta se traduce en exportaciones por 1,2 millones de toneladas, 16% menos que las 1,47 millones de toneladas embarcadas en la 2024/25.
Se estima que unas 500.000 toneladas del sorgo producido en el norte bajarán por las rutas 34 y 11 hasta las terminales del Gran Rosario para embarcarse, mientras que la Región Central aportará otras 700.000 toneladas.
Casi la totalidad de las exportaciones argentinas de sorgo tiene como destino China, por lo que lo que pase en ese mercado sigue siendo la variable que más pesa a la hora de definir el saldo exportable.
En términos de divisas, se proyecta que las exportaciones de sorgo de la 2025/26 sumen US$ 300 millones, un valor casi idéntico al de la campaña anterior. El menor volumen despachado se compensaría con precios de exportación promedio más altos.
En definitiva, tras el salto excepcional de la 2024/25, el sorgo vuelve en la 2025/26 a una escala más parecida a su rol histórico dentro de la rotación: un área que se achica al normalizarse la siembra de maíz, pero con rindes que sostienen la producción en torno a 2,5 millones de toneladas. La oferta sigue concentrada en la Región Central, aunque con un perfil cada vez más volcado hacia el centro-norte argentino.
En la Diplomatura en Producción de Alfalfa Sostenibles, el ingeniero agrónomo Guillermo Marrón brindó herramientas para dominar la implantación de alfalfa. Parafraseando a Belgrano, en el día de la bandera, remarcó que se debe “cultivar el suelo bajo principios de conocimiento”.
Buenos Aires, martes 7 d3e julio (PR/26) .- Pensar que la siembra de alfalfa se reduce solo a una operación mecánica que consta de colocar semillas en el suelo es un grave error. Esta ciencia, no es moderna, aunque fue perfeccionada con el paso de los años.
En la clase que brindó dando inicio al módulo II, su tema fue: “¿Cómo pensar una implantación eficiente? ¿Qué elementos debemos tener en cuenta?” y para abrir el juego, trajo a colación una advertencia que Manuel Belgrano en 1796 realizaba sobre la importancia crítica de cultivar el suelo bajo principios de conocimiento, una visión que se institucionalizó en 1883 con la creación del Instituto Agronómico y Veterinario.
En la actualidad, el productor necesita volver a las bases y entender que el éxito de la pastura no depende del tamaño o la potencia del tractor, sino de tener conocimiento científico para poder aprovechar el uso de la sembradora y calibrar correctamente la herramienta.
A diferencia de las gramíneas, que tienen un desarrollo más robusto, la semilla de alfalfa posee una reserva energética extremadamente limitada. Esta vulnerabilidad lleva a que la profundidad de siembra no sea una sugerencia técnica, sino el factor determinante de la supervivencia.
El método Marrón
En su clase describió a la leguminosa como un «gusano cabezón» (emergencia epígea). En este proceso, el hipocótilo debe arrastrar los cotiledones hacia la superficie, enfrentando la resistencia del suelo.
Si la siembra excede los límites críticos, la energía se agota antes de que la plántula inicie la fotosíntesis, resultando en una muerte silenciosa bajo tierra. Citando los estudios neozelandeses de 1971 sobre fuerza radicular, se evidencia que el contacto íntimo suelo-semilla es el único motor capaz de asegurar la transferencia de humedad necesaria para romper la latencia. Una siembra profunda no solo compromete la tasa de emergencia, sino que anula la inversión inicial al dejar lotes con densidades insuficientes que comprometen la vida útil de la pastura.
El éxito de la implantación se gestiona desde el frente de la máquina. La cuchilla de corte no es un accesorio secundario; es la herramienta que define el ambiente donde operará el abre surcos. Una cuchilla estándar de 18 pulgadas tiene una limitación física de trabajo de 10 cm; pretender profundizar más allá de este límite compromete la estabilidad del tren de siembra y la uniformidad del corte.
En este punto, la física de las ondas es crucial: mientras que las ondas radiales son convencionales, las ondas tangenciales cumplen una función superior en la «eyección» de suelo y rastrojo, evitando el atascamiento en ambientes con alta carga de residuos.
En suelos pesados o adhesivos, la recomendación técnica vira hacia el uso de doble disco desencontrado (offset) para asegurar la limpieza del surco.
Para garantizar la geometría del surco, la metodología Marrón rescata el «Método de las Tarjetas» de Mat Hagney para evaluar el desgaste del doble disco. La clave reside en identificar el pinch point o punto de contacto entre los discos:
* Se deben insertar dos tarjetas entre los discos.
* El área de contacto (donde las tarjetas se detienen) debe oscilar entre 2 y 2.5 pulgadas (5 a 6.3 cm).
* Si la distancia es menor, los discos dejan de formar una «V» perfecta para generar una «W». Este error estructural permite que la suciedad caiga al fondo del surco antes que la semilla, desgasta prematuramente la quilla protectora y arruina la ubicación de la semilla, dispersando la profundidad real y comprometiendo la uniformidad temporal de la emergencia.
La eficiencia de siembra
Los sistemas de distribución convencionales por gravedad o mecánicos suelen fallar ante las semillas modernas que incorporan coating o peleteado, ya que el material tiende a adherirse y generar variaciones erráticas en la densidad.
Por eso, Marrón propone migrar hacia sistemas neumáticos incluso en máquinas no diseñadas originalmente para pasturas.
Esta adaptación «artesanal» de alta precisión utiliza tubos secundarios y precintos estratégicamente colocados para asegurar que la semilla sea «guiada y pinchada» contra el fondo del surco, eliminando el rebote o efecto «voleo» que ocurre cuando la semilla golpea las paredes del surco. La meta técnica es clara: lograr una distribución equidistante con menos de 2 cm entre plantas para alcanzar el objetivo de 250 a 300 plantas por metro cuadrado.
Una vez que la semilla alcanza el fondo del surco, el proceso crítico es el sellado. El concepto de «profundidad aparente» es fundamental: la profundidad debe medirse desde la superficie real del suelo, independientemente de la cobertura. El surco debe funcionar como una «chimenea» que gestiona la capilaridad.
Para que la semilla se hidrate, es imperativo eliminar las cámaras de aire mediante el uso de rolos. La analogía técnica es simple: para que una esponja húmeda moje un papel, hay que presionarla contra él. Sin esa presión, la capilaridad se interrumpe y la semilla se deseca. En siembras de otoño, la técnica de levantar las ruedas tapadoras puede ser una ventaja competitiva para evitar el excesivo tapado por tierra que, al calentarse o secarse, «quema» el brote antes de emerger. Un surco mal cerrado anula toda la ingeniería previa.
Por último, para Marrón podes contar con la tecnología más avanzada, pero si no tenes un equipo humano alineado no vas a lograr cumplir los objetivos. La implantación de alfalfa es una tarea de detalles que requiere sacar al personal de su zona de confort.
El negocio de las legumbres en Argentina atraviesa una etapa de transformación profunda marcada por la inversión tecnológica, la diversificación de destinos y los desafíos comerciales ante competidores globales cada vez más agresivos.
Buenos Aires, lunes 6 julio (PR/26) — El mercado de la arveja en la Argentina consolidó un crecimiento sobresaliente sustentado en un fuerte recambio genético.
“Vemos cómo los rindes del producto vienen incrementándose año tras año a partir de la incorporación de variedades fiscalizadas que dejaron atrás las viejas variedades tradicionales”, comentó Guido Zoppi de Agrosud durante un panel sobre mercados realizado esta semana en una jornada organizada en Salta por la Cámara de Legumbres (Clera).
La producción total dio un salto cuantitativo al pasar de 260.000 toneladas en la campaña 2024/25 a 385.000 toneladas en el ciclo 2025/26. Este incremento vino acompañado de una expansión del área sembrada y una mejora en el rendimiento estimado, que alcanzó 2800 kg/ha.
Zoppi dijo que la renovación genética no solo elevó los rendimientos, sino que erradicó problemas históricos de calidad como el “huevo de tero” o la “flor mora” para lograr un grano comercial óptimo.
A nivel comercial, el ciclo previo estuvo signado por el mercado chino, que tras restringir temporalmente las importaciones desde Canadá, demandó cerca de 50.000 toneladas de arveja argentina.
“Pese a que China restableció sus lazos con Canadá a partir de marzo de este año, el producto argentino demostró estar a la altura de las máximas exigencias globales”, afirmó.
De cara al futuro, y con un stock remanente proyectado en 274,000 toneladas para el fina de la presente campaña comercial, el desafío del sector radica en potenciar el consumo interno, ya sea como fuente de alimentación animal o con el desarrollo de harinas y snacks.
En lo que respecta al poroto Mung –con el cual se elaboran los denominados “brotes de soja”–, se registró en la última campaña un crecimiento récord en superficie argentina.
“El poroto Mung vive una campaña de expansión histórica en términos de superficie, registrando un incremento superior al 40% impulsado por el reemplazo de hectáreas de poroto negro y una fuerte adopción en las provincias de Santiago del Estero y Chaco, bajo esquemas de siembras tardías en rotación con girasol”, comentó Bárbara Wulff de Oscar Peman & Asociados.
En 2025/26 la siembra alcanzó las 105.000 hectáreas, logrando cosecharse 90.000, ya que parte del área se perdió por fuertes temporales ocurridos en la región chaqueña. La producción total se ubicó en 99.000 toneladas, con un rendimiento promedio de 1100 kg/ha.
Al no contar con un protocolo sanitarios habilitado para exportar de manera directa al mercado de China –proceso que se está gestionando a nivel diplomático–, los exportadores argentinos diversificaron sus operaciones, pisando fuerte en el sudeste asiático y Oceanía.
Gracias a la incorporación de tecnología y la expansión de nuevas áreas de siembra, India, que tradicionalmente producía Mung para consumo interno e incluso importaba el poroto, se transformó en los últimos años en exportador de la legumbre, lo que presiona a la baja del valor de la especialidad en la plaza asiática.
En lo que respecta al garbanzo, el mercado estuvo condicionado por una sobreoferta mundial acumulada en las últimas dos temporadas, lo que empujó los valores internacionales por debajo de la media histórica de la última década. No obstante, lluvias extraordinarias previas a la siembra entusiasmaron a los productores locales a mantener la superficie en niveles estables.
En 2025/26 se sembraron 96.900 hectáreas para generar una producción estimada en 124.000 toneladas, cifra que, sumado el stock remanente del ciclo previo, promovió la conformación de una oferta exportable de 113.000 toneladas para la presente campaña.
En ese marco, los valores de referencia se ubicaron en 600, 700 y 800 u$s/tonelada para los calibres 7, 8 y 9 milímetros de la variedad Kabuli, que es la que produce la Argentina. “Aquellos lotes destinados a la Unión Europea –que exige rigurosos controles de trazabilidad y pautas sanitarias– pueden capturar premios o plus de valor de entre 20 y 50 u$s/tonelada adicionales”, aclaró Lucas Género de Agrofín.
“En contraste, los mercados de volumen puro como Pakistán no penalizan tanto estas exigencias, aunque allí se compite directamente por precio contra la agresiva política comercial de Rusia”, añadió.
Pakistán lidera precisamente la demanda de garbanzo argentino, seguido de cerca por los mercados europeos de conservas como Italia y España, completando el ranking con Brasil y Turquía.
“Los exportadores se mantienen expectantes ante una eventual resolución de los conflictos geopolíticos en Medio Oriente, lo que reabriría plazas históricas de alto valor como Arabia Saudita, Omán y los Emiratos Árabes Unidos”, resumió.
El sector agrícola avanza con la siembra de trigo, que cubre el 80,9 % del área proyectada, mientras culmina la recolección de soja, maíz y sorgo con rendimientos récord y alta humedad en el centro y sur de Buenos Aires.
Buenos Aires, viernes 3 julio (PR/26) — La siembra de trigo avanzó sobre el 80,9 % de los 6,5 millones de hectáreas proyectadas para el ciclo 2026/27, indicó el Panorama Agrícola Semanal (PAS) de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires.
Tras una semana con escasas lluvias en toda el área agrícola, se recuperó el ritmo de siembra, logrando un progreso intersemanal de 15,1 puntos porcentuales.
Sectores del centro y sur del área agrícola aún presentan falta de piso, a la espera de mejores condiciones climáticas durante el mes de julio. El objetivo es cumplir, dentro de la ventana óptima, con la siembra del remanente destinado a ciclos intermedios y cortos.
La totalidad del área en pie presenta una condición de normal a excelente, respaldada porque el 92,9 % del trigo se desarrolla sobre condiciones de humedad adecuada a óptima. Respecto a la fenología, las bajas temperaturas demoran la emergencia, con un 26,3 % en expansión foliar y un 4 % iniciando el macollaje en el norte y centro-este.
La cosecha de soja alcanza el 99,1 % de la superficie apta a nivel nacional, con un rendimiento medio de 3.140 kg/ha. Si bien las labores están finalizadas en gran parte, resta avanzar en el sur del área agrícola, donde la falta de piso ha dificultado el ingreso de las cosechadoras.
En soja de segunda, la recolección avanzó al 97,8 % del área apta, con un rendimiento promedio de 2.590 kg/ha. Este valor resulta un 22 % superior al promedio de las últimas cinco campañas y un 5 % superior a la previa.
En la región Norte de La Pampa–Oeste de Buenos Aires se alcanzó un récord de rendimiento para la serie histórica PAS, con un promedio de 3.130 kg/ha, un 9 % por encima del máximo previo. Bajo este contexto, se mantiene la proyección de producción nacional en 50,1 millones de toneladas.
La cosecha de maíz con destino a grano comercial alcanza el 52,9 % del área apta nacional, con un rendimiento promedio de 8.150 kg/ha. Las labores mantienen un ritmo acotado debido a los elevados contenidos de humedad presentes tanto en el grano como en los lotes, lo que retrasa la recolección en el centro y sur de Buenos Aires.
Tras las heladas registradas recientemente en el sur bonaerense, se espera que el descenso en la humedad de los granos contribuya a acelerar el avance de la cosecha en las próximas semanas. Siempre que las condiciones ambientales permitan el acceso de la maquinaria agrícola, se mantiene la proyección de producción nacional en 64 millones de toneladas.
Dicha cifra representa un aumento del 30,6 % en comparación con el ciclo anterior, donde la producción de la campaña 2024/25 alcanzó las 49 millones de toneladas.
La cosecha de sorgo granífero continúa su avance y alcanza el 69 % del área apta a nivel nacional, con un rendimiento promedio de 4.270 kg/ha. Entre las principales regiones productoras, continúa destacándose el Centro-Norte de Córdoba, donde el rendimiento medio asciende a 5.650 kg/ha.
Asimismo, tanto el Núcleo Norte como el Núcleo Sur presentan rendimientos de 5.330 kg/ha y 5.390 kg/ha, respectivamente, manteniéndose en línea con lo proyectado. Frente a este escenario, se sostiene la proyección de producción nacional en 2,9 millones de toneladas.
Un estudio del INTA en la cuenca de El Morro, San Luis, muestra que la pérdida de cobertura y de carbono orgánico multiplica la erosión ante lluvias intensas. Cultivos de cobertura, pasturas perennes y obras de sistematización aparecen como las herramientas clave para frenar el desgaste del recurso.
Buenos Aires jueves 2 julio (PR/26)–Cuando llueve fuerte en el semiárido, no todos los suelos responden igual. Algunos resisten, otros se desmoronan. Un estudio del INTA realizado en la cuenca de El Morro, en San Luis, buscó entender por qué, y encontró que la explicación no pasa solo por la cantidad de agua que cae del cielo, sino por la forma en que se combinan la textura del suelo, su contenido de carbono orgánico y el manejo productivo que recibe.
Una lluvia simulada para medir el daño real
Para poner a prueba estas variables, el investigador del INTA-CONICET Pablo Peralta y su equipo recurrieron a un simulador de campo capaz de recrear condiciones extremas: una lámina de 36 milímetros en apenas 10 minutos, equivalente a una tormenta de alta intensidad. El objetivo era observar, en tiempo real, cómo reaccionaba cada tipo de suelo ante ese estrés hídrico.
Los resultados fueron contundentes: los suelos bajo uso agrícola perdieron entre dos y siete veces más sedimentos que aquellos que conservaban su vegetación natural. La diferencia, explicó Peralta, tiene que ver con la capacidad de cada suelo para mantenerse estructuralmente firme frente al impacto directo de la lluvia.
El carbono orgánico, el guardián invisible del suelo
Juan Cruz Colazo, investigador de la Estación Experimental Agropecuaria San Luis del INTA, apuntó a un factor central: el carbono orgánico. Cuanto menor es su presencia en el suelo, menor es también su estabilidad estructural, y mayor la facilidad con la que las partículas se desprenden y son arrastradas por el agua.
“El estudio determinó que, a menor carbono orgánico, mayor es la erosión, especialmente en aquellos suelos con mayor proporción de limo y arcilla”, señaló Colazo. Y agregó un dato que desafía la lógica más simple: la relación entre el escurrimiento y la erosión no es lineal. En los ambientes con vegetación natural, un fenómeno llamado hidrofobicidad genera una fina lámina de agua que actúa como capa protectora. Esos suelos pueden escurrir más agua, pero pierden menos sedimento que los suelos agrícolas.
La cobertura vegetal, la primera barrera de defensa
Frente a este panorama, los especialistas coinciden en que el manejo de la cobertura vegetal es la herramienta más eficaz para frenar la erosión. Colazo recomendó sostener niveles de cobertura de al menos el 30 %, algo que se puede lograr incorporando cultivos de cobertura, como el centeno, durante los barbechos, y manejando con cuidado los rastrojos en siembra directa.
“Estos cultivos protegen la superficie del impacto de la gota de lluvia y, a través de sus raíces, ayudan a mantener los agregados en suelos sueltos”, explicó el investigador.
Cuando el carbono ya es escaso: pasturas para recuperar terreno
En los ambientes donde el carbono orgánico cae por debajo del 0,5 %, o en zonas marginales donde la agricultura ya no es viable, la recomendación cambia de enfoque. Allí, Colazo sugirió incorporar pasturas perennes, como la alfalfa o el pasto llorón, que permiten estabilizar el sistema y recuperar de a poco la estructura del suelo.
Cada textura pide su propia estrategia
El manejo, además, no puede ser el mismo en todos lados. Según explicó Peralta, los suelos arenosos necesitan cobertura para evitar que sus partículas se desprendan con facilidad, mientras que los suelos franco-arenosos exigen una atención especial, porque combinan un alto escurrimiento con una elevada susceptibilidad al arrastre.
Terrazas y sistematización: pensar el problema a escala de cuenca
Por último, Colazo remarcó que las soluciones también deben pensarse en una escala mayor. “A escala de cuenca, la sistematización del terreno mediante obras como terrazas, que permiten disminuir la velocidad del escurrimiento superficial y favorecer la infiltración, son fundamentales”, concluyó.
El mensaje de fondo que dejan estas investigaciones es claro: cuidar el suelo del semiárido no depende de una sola práctica, sino de una combinación de decisiones -cobertura, manejo del carbono, elección de cultivos y obras de sistematización- que, sumadas, pueden marcar la diferencia entre un suelo que resiste y uno que se pierde.